Hernán vive en una casa en Merlo, provincia de Buenos Aires, junto a su compañera Analía, sus tortugas y una extensa biblioteca, diseñada especialmente para ese espacio. Biblioteca cuyos libros, docentes de la carrera autodidacta del poeta, están ordenados alfabéticamente –casi- a la perfección.

Hernán, que fue Henán González hasta que terminó la carrera de Diseño gráfico y aparecía en listas institucionales, se despojó de su apellido es sus primeros dibujos y textos. Toma té de hierbas que cosecha de su extenso jardín, cuida la albaca y se apasiona por su colección de cactus, traídos de diferentes tierras y por diferentes personas.

Su poesía, ahora,  lleva impregnada la visión de alguien que camina por las calles encontrando en mesas de saldo libros impensados, reliquias;  esos libros perdidos que conformaron su primera biblioteca y que hoy tal vez se relacionen con las últimas cosas escritas, como 20 Jaikus, un libro presentado en noviembre del año pasado. Fue la siguiente producción a la antología propia Veo-Veo y se puede escuchar junto a la música de Flopa en su página “Trenes hacia afuera”.

 Esta entrevista, algunos años atrás, podría haber sido hecha arriba de un  un colectivo o  tren, haciendo alguno de sus extensos recorridos, espacios de lecturas y escrituras. Sin embargo Bardo se reunió, disco mediante, a con el prolífero e inquieto Hernán.

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Los primeros textos de Hernán aparecen a sus 12 años, entre dibujos, que al día de hoy sigue haciendo, y que se siguen editando en sus libros. Dice Herán que eran los primeros escritos que le salían sin que nadie se lo ordene. “Me llevó 12 años más escribir un poema”. Recién los textos que surgen a sus 24 años y que se condensan en  19, el libro de tapa roja, él los llama poesía. Antes de eso fue  material que se tenía que sacar de encima para llegar a esa instancia en la cual el trabajo de depuración o edición se vuelve interno; “necesitaba varias páginas, y tachar y volver. Ahora ya no me pasa eso; no podría detallar de que se trata, es un proceso por el que ya sale más limpio más claro, más nítida la imagen, menos desenfocado. Cuando era más joven escribía y desechaba más, tenía que pasar más tiempo escribiendo para llegar a algo.”

De esos primeros textos existe un cuaderno que atesora algunas cosas, otras aparecen en la antología Veo-Veo (editada en 2014), pero la mayoría de los poemas y escritos de esa época fueron quemados, cuenta Hernán entre risas como si se hubiera tratado de un gesto catártico.

La llegada de la poesía a su vida es un ejercicio de aprendizaje autodidacta. Padre ingeniero, madre maestra, no tenían poesía en la casa de la localidad bonaerense de Tapiales, casi ni novelas o cuentos. “De pibe leía porque la biblioteca me la empecé a hacer yo con los libros de saldo de la calle Corrientes, tengo montones de esos baratos que vendían”.

Hernán era un adolescente inquieto y ávido de experiencias. En el ’86 se conoce con Ariel Minimal, vecinos de colegio, y en él encuentra la primera persona que escribía. “Tenía su grupo con el que hacían sus canciones y  ensayaban.”

De ese encuentro no sólo surgió una amistad que dura hasta el día de hoy, sino que además nació “Negra adolescencia”, un fanzine que duró –casi- 3 números y en el que publicaban textos de ambos, letras de canciones, traducciones y algunos dibujos.

La década del ’80 ardía en Argentina. En un “encuentro de artistas por fotocopias” en el Sívori, Hernán se conoce con el artista plástico Ral Veroni quien lo introduce en el mundo de la fotoduplicación y la edición artesanal. Es también con quien se presenta por primera vez en el Parakultural. “Me había enterado por la Cerdos y Peces de un evento ahí, al que  fuimos  con él. Ahí conocimos a Batato (Barea) que también tenía un fanzine. En ese momento tenía 16 años y con Raúl  (Ral Veroni) armamos algo que duraba media hora con poemas intercalados: yo leía el Albatros de Baudelaire y él algunos textos suyos.” Su recuerdo es que fue algo eterno, encima para un Parakultural acostumbrado a otro tipo de presentaciones.

Hernán sólo recuerda haber visto a Tortonese leer textos de Alejandra Pizarnik, pero el resto eran números más teatrales, más de varieté, como por ejemplo Las Gambas al ajillo, el grupo formado por  Alejandra Flechner, María José Gabin, Verónica Llinás y Laura Markert: “Las Gambas era buenísimas, eran muy shockeantes para la gente que bajaba al Parakultural; había un olor a humedad tremendo, estaban las sillas plegables de metal que te tenías que sentar de costadito. El público y ellas… era una situación novedosa.”

El espacio de la calle Venezuela al 300 era también el único que encontraban con Ariel para vender y mover su fanzine. “En ese momento no había ciclos de poesía, o yo no los conocía, entonces eran las fechas los lugares para ir. Después armaron algo que se llamó Rompiente Parakultural, los viernes, donde podía entrar y leer un poquito; después me quedaba ahí escuchando toda la noche.”

De sus recuerdos de esas noches, queda un personaje que atendía la barra y pintaba la pizarra con las fechas, al que llamaba “El manal”, un entusiasta de la época. “Cuando él era chico iba a ver a Moris a las plazas y eran 20, 25 personas las que estaban, y que ahora hubiera un pibe de 15 años que llevaba fanzines y los cambiara por tragos lo sorprendía muchísimo.”

El fanzine que hacían junto a Ariel no siguió saliendo, pero con el material que iba a aparecer en  el tercer número y algunos otros textos, Hernán armó su primer libro, que si bien su título es 19, él mismo y los lectores lo llaman: el de tapa roja, por la tapa dura hecha en edición artesanal.

“Hice 20 ejemplares que edité con tapa dura. Tiene diferentes papeles, impresiones, dibujos.” Fue también el primer experimento de distribución.  “Yo pensé que si hacía 20, iba a tener 19 amigos que iban a prestárselo a sus bateristas, amigos, novias y así circularía, pero ellos no lo dejaron salir de las casas; lo atesoraron pero no lo mostraron.”

Sin embargo, fue a través de ese libro que Hernán es convocado para lo que fueron los Verbonautas.

“¿Cómo surgen? Yo creo que a Palo (Pandolfo), Karina (Cohen) y Osvaldo (Vigna) se les debe haber ocurrido a altas horas de la noche en una mesa; decir, yo conozco a este de córdoba (Vicente Luy), está el del libro rojo (Hernán), Gabo (Ferro)… invitémoslos y organicemos algo.”, ríe.

La historia cuenta que un lugar al que solían ir, La luna, tenía problemas financieros; entonces un  conocido le pide una mano a Palo Pandolfo que en ese momento no sólo formaba Los Visitantes, sino que además tenía junto a Osvaldo Vigna, Karina, su pareja y algunos más, el Comando Literario.

Esa primera presentación se gestó un miércoles y ocurrió el sábado siguiente. “Esa noche hacía mucho calor, fue a fin de noviembre y estuvo bueno. La gente, que esperaba música, no entendía nada, no sabía quiénes eran los que no eran Tom Lupo o Palo (Pandolfo)”

Después de la primera noche ninguno sabía muy bien que iba a ocurrir. “Vicente no creía que fuera a seguir, se sorprendió cuando lo volvimos a llamar”.

Los Verbonautas no fue un grupo de reuniones literarias, ni se pasaban o compartían autores. Hacían presentaciones esporádicas con un formato creado por ellos: la cabeza mutante.

Cada fecha, uno de los poetas presentaba al resto del grupo. Hubo noches de Osvaldo y los Verbonautas, Palo y los Verbonautas, Hernán y los Verbonautas.

Era también el espacio para las presentaciones de sus libros.

En 1995 Hernán presentó de esta forma su libro Pan. “Después de Pan presentamos el libro de Osvaldo. Conseguimos un lugar, lo hicimos dos noches y armamos un guión. La idea era que cada uno leía alguno de sus poemas y después todos leían uno de Osvaldo.  Hubo un laburo de luces y escena con lo poco que podíamos saber nosotros;  Karina venía de la danza, Palo de la música y Osvaldo de la química.”

De Los Verbonautas abundan las anécdotas, las historias. Funcionaron desde 1995 hasta el 2000. Un experimento de grupo poético que culminó con un libro editado por el Centro Cultural Rojas, que recopila la poesía de todos los integrantes; libro que habían armado para un editor que “salió corriendo cuando se dio cuenta de la locura” y terminó en las manos del sub-secretario que había sido compañero de primaria de Palo Pandolfo.

Además de quedar un libro registro de esa época, lo que también quedó para Hernán fue una gran amistad con Vicente Luy y un estilo de edición de sus libros con la que trabajaron extensamente juntos, basados en una premisa que articuló el hacer de Verbonautas en esos años: el guión emotivo.

“Vicente era un poeta, vivía en esa dirección” dice Hernán mientras explica que quizá sea la poesía que más conozca después de la suya.

Desde la época en que se conocieron en adelante trabajaron juntos en y con sus obras. Ambos se corregían mutuamente y Hernán recuerda lo intenso que se volvía trabajar con Vicente. La distancia (Hernán en Buenos Aires y Vicente en Córdoba), el envío de los manuscritos, idas y vueltas por correo y, particularmente, la obsesión de Vicente por la puntuación. “Todo lo que yo no uso, lo usaba él. Punto, punto y coma, las mayúsculas…era muy minucioso”.

En relación al “guion emotivo”, esa era la manera en la cual Hernán y Vicente insistían en que se organizaran los espectáculos, como si fuera una manera de narrar, de armar discurso.

Esa forma de estructurar las presentaciones, era la que adoptaban a la hora de editar sus trabajos. “Por ejemplo, el librito que hizo Vicente para Silc, los 10 poemas, ese es un bloque, un discurso, algo para leer en ese orden esos 10 poemas.”

Una síntesis –particular- de quien fue el poeta cordobés para el poeta del conurbano se escapa entre las anécdotas: “Vicente era un roquero que no sabía de música y un poeta sin biblioteca”

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Desde su adolescencia, la música y los recitales fueron el acompañamiento y el contexto en el cual se movió Hernán, y quizá sea esa una de las razones por las cuales no se convierte en taxativo el límite entre poema y canción. Y es que varios de sus poemas fueron vueltos canción: El agua es eléctrico, seco y rompevientos -grabadas por pez-, otros por Flopa y Pata Kramer, uruguaya, entre otros.

“Eso me acercó a Pipo (Lernoud) que laburó, hizo canciones con Moris, con Tanguito y con Miguel. También viene del palo del rock y creo que para la gran mayoría de los poetas es considerado como un autor de canciones y no como un poeta; eso me hizo sentir muy cercano. Eso y que hay bichos feos en poemas suyos y bichos feos en algunos míos. Cuando lo conocí le ofrecí hacer un ping pong de poemas porque sentía que algunos poemas míos contestaban a poemas suyos.”

“Que no piense en música cuando escribo, no quita que haya música en lo que esté escribiendo” dice, e inmediatamente pensamos en Madrecitas de veintipico, libro-disco (2005) y Ahora, libro-disco (2009), ambos editados por  ‘azione artigianale’, el sello independiente de Pez.  A cada poema se le escapa una musicalidad que queda impregnada en las voces y los instrumentos de todos los y las artistas que participan, como Gabo Ferro, Fósforo García, Germán Cohen, Pez,  Micaela Martinez, Pata Kramer, entre otros; musicalidad que simultáneamente transforma al poema. “Se trata de grabar, encontrarme todas las semanas con un músico. Ir viendo y decir, este sería para violín, este para bajo.”

Leer, recitar, son parte de las musicalidades que Hernán le otorga a la poesía. “En ese momento sos vos el libro.”

A pocos años de sacar sus primeros escritos, ya se presentaba a recitarlos. “Para mí fue siempre de la mano. Soy consciente de que son cosas diferentes, que no hay que exigirle a la gente que escribe que lea, que tenga ganas o que se anime, porque habría que pedirles además que puedan tranquilizar su respiración y no destruir lo que escribieron por tratar de hacerlo lo más rápido posible para poder salir de ahí; un lugar que es tan distinto al donde lo escribió.

Si la literatura es un viaje, la poesía de Hernán se vuelve una sumatoria de viajes, tránsitos, paradas, estaciones, arribos y partidas. De movimientos que trazan rutas, que transforman cualquier espacio en el espacio poético. De miradas por ventanillas altas como las de los colectivos que te permiten ver los techos de los autos, o la mirada fugaz de la velocidad de un bicicleta atravesando el centro de una localidad bonaerense, o la mirada más puntillosa de alguien que avanza sobre sus pies, fijando la visión en historias que pueden ocurrir a dos casas de distancia.

Como buen viajero -le dirá Gabo Ferro en su disco “Madrecitas de veintipico”-, su voz tiene el pulso de esos tránsitos. Esos que cambiaron a lo largo de los años, pero que son posibles de volver a transitar en Veo Veo.

“Más o menos la tenía cocinada” ríe cuando le preguntamos cómo fue el proceso de compilación. “El hecho de leer en público me hizo que no tuviera que ponerme a releer todo y que tuviera más presente los textos, que supiera cuales eran los poemas de cada libro.”

Con más de 12 libros editados, Hernán cada vez que se presenta en público aprovecha para invitarnos a esos tránsitos, a esos viajes, y lee  poemas de diferentes libros, poemas nuevos, poemas o letras de canciones de otros y a veces alguna traducción.

De todas las fisonomías que lo implican, Hernán encuentra lo poético porque necesariamente “la poesía está ahí, y está en uno que pueda verla, ahí, enfrente. El  tema es poder sintonizarla, como una frecuencia.  Debería haber un decálogo o al menos cinco puntos de cómo se sintoniza o ajusta la antena.

“Eso sería lindo, instrucciones para poder sintonizar la antena de lo poético”

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