Muchas veces me pregunto sobre qué escribir, en un día que todos los diarios ya fueron escritos, que se hicieron todos los posteos, que se enviaron todos los mensajes, que se iluminaron todos los carteles. Entonces, ¿sobre qué escribir? Queda, aún después de haberlo visto todo escrito, un lugar para alcanzar la hoja en blanco. Y ante todas las estrategias para la creación, se libera la pregunta como un rayo: ¿sobre qué escribir? Podemos pasar el día leyendo; a nuestro pesar, aprender a leer es aprender el mundo, y el mundo se llena de palabras que le corresponden a un infierno del sin sentido. Entonces, ¿qué sentido tiene el cartelito con la oferta de un puesto de trabajo en la vidriera de un local de lencería al lado de otro cartel que sugiere, sonría, lo estamos filmando? En el ruido que hace la fricción entre los carteles podemos vislumbrar sentido, en el ruido, en la fricción. Junte dos cosas cualquiera, haga fricción, escuche el ruido, bucee en el ruido, hasta encontrar qué le quiere decir. El ruido es lo contrario a la palabra. Cuando las palabras hacen ruido, hacen el infierno. Por eso buscamos decir el amor y el odio, en contra del ruido que abunda. El silencio hace ruido, por eso hablamos, por eso las teclas del teclado donde escribimos hacen ruido, porque no se puede escribir en el aire, ni en el ruido; el ruido que hace el trazo es la muleta para las palabras que llegan al papel.

Sobre qué escribir. Una hoja en blanco es el delirio, un espacio a contener todas las circunstancias, un escenario pelado, una muerte. Entonces, ¿cómo darle color? ¿Cómo abarcar la tarea de trazar sobre la hoja unas palabras que lleven a las imágenes que nos acompañaran aún en las sombras? Sobre una hoja en blanco las palabras que se ubican hacen sombra, contraste, fricción. Escuchar el ruido que hacen las sombras sobre el fondo blanco. ¿Por qué la atención se presta; no se regala ni se vende? Porque la atención tiene que ser devuelta. Prestar atención a los gritos que abundan en el ruido para rescatar alguno y escuchar qué están gritando. Escribir a los gritos, porque el grito tiene que salir.

¿Qué actuar? No hay nada sobre el escenario, pero pronto habrá un cuerpo haciendo sombra. La danza entre ellos se lleva nuestra atención, como los felinos a la hora de acechar entre los humedales; cada huella hace ruido, minúsculo, impreciso, pero el ruido se acerca. Sobre el escenario el cuerpo encuentra su sombra. Bailar con la sombra, hacerle preguntas, del orden ¿cómo te llamas? y ¿en qué barrio creciste? Ir hacia el encuentro con la nada, sostenerse en ese ir, estar yendo; como la vida, mantenerse en el ir. Quedarse es el fin, vayamos hacia el principio. Decía Artaud a la hora de morir: “solo quiero hacer palotes”.

Solo quiero hacer palotes. Tomar una hoja en blanco entre las manos temblorosas y cargarla de palotes como cuando aprendimos a escribir. Escribir es aprender a ver. Leer las imágenes, todo lo que veo es una palabra, la pared, la pantalla, la ventana. La taza de café, es una palabra, la taza de café. Porque alguna vez fue nombrada, nombrar hasta lo innombrable, gritar los nombres, para que existan. Para que todos los podamos ver.

I I I I I I I I I IIIIIIIII I I I I I I

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Vayamos hacia el principio, era hacer palotes, trazar en el mundo las sombras para iluminarlas. Para no pegarnos un grito.

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