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¿Quién no supo algo de Maldita Ginebra mucho antes de ir por primera vez? Incluso, ¿Quién no tiene algo para decir aunque no haya pisado el ciclo nunca? Por un lado, anécdotas que circulan de boca en boca, mitos recurrentes, escenas que no se sabe si son ciertas. Algunas que aparecen al azar: una noche de noviembre un poeta no para de quejarse del calor; frente a tanta insistencia en plena lectura recibe un baldazo de agua tranquilizadora, un acto de justicia frente a la repetición. Otra: el mismo poeta u otro parecido debe acelerar sus palabras porque alguien, aburrido o cansado de la monotonía, le prendió fuego las hojas: el poema vuelto carrera contra las cenizas, a ver si su poesía es inflamable, si las letras no desaparecen. Alrededor, gente durmiendo en el suelo. No, borrachos no (o no exclusivamente), gente que vive en la calle, también perros rascándose las pulgas, perros que se suben a los papeles del que lee, oscuridad, vidrios o dientes mezclados con cerveza, vino y pis. ¿Qué tipo de poesía puede circular en un lugar así? O por el contrario ¿Existe poesía que no tenga de fondo o banda sonora un laberinto similar a éste?

Por otro lado, premoniciones y advertencias: “No vayas ahí, es una cueva, no pasa nada bueno, nada que valga la pena.” O el otro extremo: “ningún poeta puede considerarse como tal sin haber pasado por Maldita.” Las definiciones crecen en diferentes sentidos, siempre tajantes, se las acuna y repite. Sin embargo, el hábito dice que no suele haber “un antes y un después” a lectura alguna. Sí quizá un momento intenso y efímero, un cuerpo que se desinfla cuando suelta las palabras, diálogos y seducciones, líneas punteadas para recortar la velada como anécdota, una pequeña revelación. Luego, el momento de pisar la vereda y buscar colectivos para volver. La poesía viva en la soledad de ese camino, reverberante en la escritura y el rebote del sonido cabeza adentro. Algo de esa sensación de vulnerabilidad sobrevive en Maldita Ginebra. Un refugio contra el frío y la noche densa, contra los rockstars que escuchan el aplauso antes de escribir, contra las luces y el ruido. Como diría el italiano Sandro Veronesi, un caos calmo en pleno lado B de la ciudad.

También una historia que ya lleva varios capítulos, un cruce de memorias que forman una identidad. Maldita Ginebra es el ciclo de poesía más añejo de la Capital (quizá de todo el país). Funciona desde 1997 siempre en bares o sótanos del barrio del Abasto -hoy, tras la persecución por parte del Gobierno de la Ciudad en los últimos años, en Barbarie (xxx)-, siempre los viernes después de la 1 de la mañana y puede enorgullecerse de haber sido (y ser) uno de los escenarios principales para la poesía argentina en las últimas décadas. Por allí pasaron, entre otros, Leonor García Hernando, Joaquín Gianuzzi, Arturo Carrera y Omar Cao. Pasarán otros tantos. También es un proyecto humano, una comunidad de heridos en permanente mutación. Allá lejos, la formación histórica, sus nombres arltianos: Héctor “Vasco” Urruspuru, Richi “Matafuego” Pantuzzo y Esteban Charpentier. A este equipo se le suman Toco Cavallero y Ema Fernanda Vilches. Luego llegarán y pasarán Rodolfo Edwards, Flavio Crescenzi, Clara Vasco, Lucía Serrano, Ignacio Vázquez, Leticia Hernando y otros tantos, hasta llegar a la formación actual: Héctor Urruspuru, Luis Erker Ercolano, Anselmo Maciel, Daniel Quinteros, Ema Vilches y Adrian Bet, entre otros. Un ejército de poetas que, como tal, ya tiene a sus caídos. Muchos de ellos vuelven cuando Ema Vilches, “la capitana” a cargo del micrófono abierto y de poner los puntos cuando el encuentro amaga con pudrirse, los evoca y empieza a reconocer parte de ese mito que circula. “Tenemos caídos en el ejercicio de la bohemia que estaban con nosotros desde el pincipio: Richi Pantuzzo, John Lelo Ponce, el maestro Churlandi y el payaso Crazy, todos ellos muertos por los excesos: cirrosis, drogas, sexo y rock and roll.”

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Hace unas semanas, a la salida de una clase, me acerqué a El Umbral, Centro cultural que funciona en el subsuelo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA (“Puan”), con la idea de ver/escuchar unas lecturas y saludarme con gente conocida. Como suele suceder en casi todos los ciclos de poesía/música que rondan por la ciudad y el conurbano, la dinámica y los roles replicaron los de siempre: un declamador/poeta ejerciendo su espacio para la palabra con mayor o menor volumen escénico, con o si vaso de agua, frente a un auditorio que bebe, fuma, se ríe, se mira de reojo y aplaude. Si bien hubo muy buenos poemas y formas de decirlos -y es para celebrar que haya poesía en ese espacio-, el peor lugar común no tardó en llegar: un largo texto inventario sobre la poesía y los poetas, minado de displicencia, velocidad, menciones a redes sociales, frases irónicas y berretines cínicos (del estilo, ustedes comen bien y van a terapia) contra el auditorio. La idea general (quizá cierta), “todo lo que se hace ahora ya se hizo en el pasado (y mejor)”. En síntesis, un poeta enamorado de su gesto, de la posibilidad de actuar como un provocador pero solo desde la instancia de lectura, convertido en una esfera de vidrio cerrada, impenetrable. Quizá por eso, cuando la cadencia terminó, algunos aplaudieron por gusto o por respeto pero nadie –me incluyo- atinó a decir nada sobre lo que acababa de suceder. ¿Qué nos dice de nosotros esta distancia condescendiente? ¿Escuchar poesía implica ser pasivos y darle cuerda a alguna idea absurda que legitima ante todo el derecho o sentimiento de expresarse por encima de lo que se transmite? ¿Qué dimensión paralela y autónoma se despliega -cuando un poeta dice- que impide un intercambio real y cristaliza los roles entre los que participan del rito poético?

            Pocos días después las funciones se invirtieron. Esta vez fui yo, en el micrófono abierto de Maldita Ginebra la misma noche en que fui a tratar de absorber un poco del clima del ciclo para escribir estas líneas, el que estuvo en el lugar del declamador ruidoso. Dije “dropbox”, “cara de Rosas”, “telo”, “rocker autodiseñado”, “en la tele” y “se ha desenchufado un conector”. Cuando terminé -con la voz y los ojos reventados porque a todo el acting le había sumado no usar micrófono y alejarme de la luz- percibí un silencio tibio, aburrido. Apenas un aplauso de compromiso muy distinto al de otras veces en que leí ese texto. Minutos después, uno de esos diálogos que vuelven real la experiencia, diferente a otras. “¿Ese poema que leíste es tuyo? ¿Lo tenés editado, qué bueno” “Sí, gracias” “No, igual no me gustó. Me pareció malo, la poesía para mí es otra cosa. Ahí en ese poema es todo lenguaje plano, cosas comunes, no hay nada que emocione. Igual si querés mandámelo que lo leo de nuevo y capaz encuentro algo.” Escuchar al que-se-para-como-poeta desde la vitalidad, con otro tipo de pacto. Entonces, desde esa masa silenciosa que se puede llamar público o auditorio, alguien decide no guardarse su impresión, la certidumbre de su escucha.

En Maldita Ginebra el espacio se impone por encima de los poetas. Una gran masa ruidosa en la que nadie habla puede absorber todas las palabras y volver cualquier provocación un gesto inofensivo. “Maldita es un espacio hecho para personas que se acercan a escuchar poesía y no para poetas exclusivamente. Ahí radica la diferencia. Entonces, no hay forma de engatusar al público con textos prolijos técnicos, de cosas enajenadas o que hablan de filosofía de otros países…. si el texto no toca fibra emocional no funciona.” sintetiza Ema Vilches, quizá quien tiene más presencia en redes sociales y se encarga de generar los lazos hacia afuera. ¿Cómo pararse ante la falta de demagogia, ante la ruptura de la solemnidad o la sobreactuación, ahora cubiertas con un manto oscuro? ¿Estas instancias impactan sobre la forma de escritura, sobre el modo de escuchar y de leer? Desde ya que no le mandé el texto. No hacía falta comprobar nada. En el fondo cada uno sabe el peso real de sus palabras, la presencia del cuerpo en lo que resuena. Los versos como esos descansos de las escaleras.

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Cuentan los relatos artúricos que Ginebra, reina de Camelot, le fue infiel a su marido, el Rey Arturo, con Lancelot, caballero de la mesa redonda, quien la había rescatado tiempo atrás y de quien siempre había estado enamorada. De este suceso, vuelto drama fundacional, se asocia la caída del reino de Camelot, la armonía de su corte de caballeros, mancillada para siempre, la perfección del círculo herida. Desde entonces la reina simboliza menos el amor y la voluntad femenina que la degradación y el engaño: la corrosión. Unos cuantos siglos después, Jorge Luis Borges parte hacia la ciudad que lleva el nombre de la reina para acompañar a su padre, que busca hacer un tratamiento para no perder la vista, daño congénito que también impactaría sobre el escritor años más tarde. Allí mismo fue a morir casi ochenta años después. Mucho más acá, en este linaje arbitrario y absurdo, la bebida blanca, las lágrimas después de un trago profundo como en la canción de Dos Minutos (“Ella se voló la cabeza por un viejo amor, ella se voló la cabeza por su muerto amor”), la noche que hace temblar los dientes. Ginebra, significante que corroe, que educa y ve morir, Ginebra que le da temperatura al cuerpo, Ginebra donde se educa la piedra central de la literatura argentina. Una reina –fläneuse- que recorre las calles del Abasto moderno gritando su pena. La mujer que logra traicionar al rey, errante, deshilachada como un poeta maldito que lleva su petaca en el saco o la cartera, como una poeta maldita que acuna hechizos oscuros, que clava sus uñas en el eje del lenguaje y arranca las raíces. La dama desdentada del Abasto escucha desde el escenario, desde las cáscaras de las paredes por donde calan las cañerías. Sonríe con lo que le queda y festeja. La fiesta va tomando vida. Sabe que en el fondo la poesía es, para esa logia de trasnochados, un homenaje a la hembra que se hace cargo de sus impulsos, de sus cadenas y sus grietas.

Y así es Maldita Ginebra, un homenaje a la soledad invisible que recorre las calles. Una fiesta desordenada donde se agazapa el reviente. Una peña poética, en (grandes) palabras de Roberto Giovanetti, un espacio donde nada está enunciado de antemano y se termina cuando nadie aguanta más. Donde cada uno que se acerca puede quedarse al margen o contar en qué anda su producción, su vida: caer un viernes a las 2 de la mañana sabiendo que hay gente dispuesta a compartir algo; mostrar los avances de una traducción, decir poemas nuevos, leer a otro poeta que le gusta, hacer freestyle, agarrar la guitarra y tocar una melodía andina, escuchar y tomar cerveza en silencio. Donde se combinan las voces aljibes y graves de Luis Erker Ercolano y el Vasco Urruspuru con la alegría de Adrian Bet, poeta obsesionado por la gauchesca, All-Boys y el Heavy Metal. Donde en el público hay tanto chicos de menos de 20 años en silencio, escuchando, escuchando antes de pararse al frente, como algunos cuerpos decrépitos que podrían morirse ahí mismo. Donde la cerveza cuesta lo que cuesta una cerveza, no tres cervezas y se construye con y desde una historia, con un pasado concreto, feliz y dramático a cuestas. Con la regeneración y los restos. Con la muerte. Concluye Ema, “Hubo mucho reviente. Fue una realidad. Mucho desorden, mucha falta de límites, mucho caos pero también creo que mucho rigor poético sí. ¿Mitos? Que es solo para drogarse y no hay buena poesía, eso es un mito. Acá lo que hubo (y hay) es poetas maravillosos drogados.”

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