El ciclo de lecturas y canciones Poesía en la Terraza se realiza en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti (ex ESMA) desde comienzos de 2015 y ya lleva trece ediciones. Se plantea como un espacio de reunión entre poetas y músicos de generaciones y estéticas diversas. A diferencia de otros formatos, aquí el contexto es determinante: cada encuentro es un ritual de exorcismo. Una instancia de emancipación a través del cuerpo y la palabra.

El comienzo en dos claves. Primero una definición desesperada, una ley. Theodor Adorno (1951): “No se puede hacer poesía después de Auschwitz.” La voz humana se corta con tijera frente al drama de la época, frente a un peldaño o un pozo oculto en los terrenos arrasados por el gas y la electricidad de las bombas. ¿Hay lugar para la lírica en un mundo que ya no es el mismo? ¿Un cuerpo torturado puede cantar? ¿Resiste lo sagrado en el corazón de los que vieron el humo, ese humo? ¿Pero no es la poesía acaso la historia de sí misma, un significante expansivo, dual, la transmisión de la épica del metal por un lado; el discurso del amor y de los dioses por otro? El poema como modo de nombrar el tesoro humano más luminoso, la música tangencial; también el molde que adquiere lo perverso cuando encarna, la posibilidad de absorberlo y complejizarlo; el lenguaje frente al horror y el lenguaje del horror que también muda de piel y de palabras para volver con la cara limpia. Quiero decir: la ley del río es galaxial. Agua limpia para todos y todas. La violencia y la paz vuelven con un traje brillante como una luna. La poesía es forma, instinto y género indeterminado que conlleva la ruptura como potencialidad innata, como excavación del campo minado para renacer desde otra vertiente. Una debilidad que carga con el tiempo, un corazón oscuro, una supernova inclaudicable.

Segundo, la poesía no sólo es en un territorio atravesado, puesto a prueba por la muerte. Es también potencia que se desplaza, se filtra por los discursos legitimados. Debe atravesar el aire de las palabras moldeadas, el orden, la historia: toma postura ante la norma. Hacer poesía adentro de una institución, la gran familia carnívora, el Estado. Es otra la pregunta: ¿se puede hacer poesía desde/para el Estado? Hacer poesía después de Auschwitz y en el Estado. En el Estado argentino post post post terrorista y dentro del fantasma de su campo de tortura, exterminio y desaparición forzada más emblemático. Justamente en esta dualidad crece Poesía en la terraza, apenas un ciclo literario más dentro de la Ciudad de Buenos Aires. Apenas un intersticio con reglas propias mutables donde el vínculo entre el arte, la representación y el horror delinean el esqueleto de una resurrección.

En esta confluencia de sentidos, ya desde su apertura en 2008 el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti ha tenido que lidiar con diferentes discursos e ideas sobre la memoria, condición para reflexionar sobre su existencia. Es decir, asimilar tanto las máximas teóricas y las experiencias de otros sitios del horror en el mundo, como el dolor/la historia de los sobrevivientes. Para poner las piedras del santuario en orden primero hay que escuchar las voces, las que quedaron -con sus heridas físicas y conceptuales-, las que regresan y las que llegan desde afuera: saber percibir y contener el impacto. El Conti, como espacio público abocado a la memoria, la política y la historia reciente, debe forjarse sobre la experiencia dinámica de la comunidad. Identificar la ausencia, convertirla en un eje de identificación y semblanza. El Estado pide disculpas y paga la deuda con poemas. Un canto a Dios, al origen para que los hombres y las mujeres reconfiguren su humanidad.

En este recorrido, la primera particularidad de Poesía en la terraza: no son pocos los poetas que prefieren no participar de las lecturas y responden con “gracias pero no voy a la ex ESMA” al ser convocados. Una pequeña fractura, la reja como frontera férrea. La ex ESMA nombrada en pasado. Como contrapartida, la transformación: el ciclo logra incentivar a otros tantos poetas –consagrados, en el sentido de la dedicación total a su arte- que no suelen leer en vivo para sumarse a la propuesta de compartir “escenario” con artistas jóvenes que circulan exclusivamente en el (efervescente) underground. En cuanto al público, muy numeroso por lo general, la “singularidad” está en que no todos los que se sientan a escuchar son poetas. Por el contrario, se identifican con el sujeto-espectador general y asiduo del Conti, el que se acerca para ver cine, teatro y/o música: personas interesadas por la política, el arte y los derechos humanos. “Donde hubo muerte, vida” es una de los lemas del Centro Cultural, expresión de deseo u horizonte hacia donde ir.

Por otra parte, gracias a la experiencia de campo previa, gracias al recorrido y atención sobre lo que sucede en un ambiente literario que no para de crecer, Poesía en la terraza evita algunos preconceptos. ¿Qué quiere decir “la poesía de ahora se hace/dice sin el vaso de agua al lado y es necesario gritar para defender un poema mal escrito que me haga quedar bien con mi microcomunidad”? o “todos los del Slam y la poesía oral no saben escribir.” En este caso, la única premisa es generar un intercambio tan dispar como homogeneizador, en tensión tal vez. El poder de la voz, la verborragia y la calma, las estéticas mutantes, los tiempos de vida, la amplitud, la lírica total y el humor, la denuncia como opción: la dictadura, esa cicatriz en el cuerpo para los nacidos antes de los 80; y la dictadura como discurso que se filtra evocador, elegíaco a través de los poemas de los jóvenes que no vivieron el horror pero sí la historia y sus secuelas. Cada uno de los poetas que participan del ciclo logran asimilarlo como propio, acaban por integrar voluntariamente el espacio en sus palabras.

Para concluir, es necesario destacar que ya han pasado trece ediciones desde el comienzo de Poesía en la Terraza, allá por febrero de 2015, cuando el panorama político –y la centralidad en la agenda de las políticas de memoria, verdad y justicia- eran más evidentes. La identidad que el ciclo fue adquiriendo a través del tiempo trata de hacer pie frente a los cambios de rumbo generales y particulares. La visibilidad y el prestigio de un espacio que trabaja los vínculos entre el arte y los símbolos del pasado desde hace años son anclas, fortalezas indispensables. Aunque el ciclo se plantea, ante todo, como un espacio de lectura, también crece como un foco de reunión y resistencia identificable. Poesía en la terraza, entonces, deberá proyectarse en el tiempo para seguir forjando sus rasgos, su entereza. Se trata de historizar la palabra, de poner el cuerpo y la voz para gestar una nueva comunidad. Conjurar el pasado como una resistencia de vida. Como una declaración de principios por la memoria, la verdad y el futuro.

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