1. Raíces visionarias

 

Un movimiento poético generacional sin precedentes, con polos en México y Argentina, se desplegó por el continente americano durante la década de los ’60 sentando las bases de una obra testimonial cuyas páginas merecen ser recobradas para las nuevas generaciones. Se denominó Nueva Solidaridad, involucró a poetas de las tres Américas, consolidó en 1964 un encuentro fundador en México D.F. y emitió en aquella ocasión un manifiesto testimonial (titulado «Declaración de México») que obtuvo el apoyo de escritores de primera línea como Julio Cortázar, Henry Miller y Thomas Merton [ver apéndice]. Fue promovido desde México por las revistas El Corno Emplumado y Pájaro Cascabel, y desde Argentina por la revista Eco Contemporáneo.

Emerge una neovanguardia – En 1960 apareció en México un libro, La espiga amotinada, que constituía la presentación colectiva de cinco jóvenes poetas: Juan Bañuelos, Oscar Oliva, Jaime Augusto Shelley, Eraclio Zepeda y Jaime Labastida. El prólogo lo firmaba el poeta catalán Agustí Bartra, orientador y amigo de esos muchachos. Algunos críticos literarios consideraron que el título del libro era romántico y algo retórico. Los poemas también lo eran, ya que las actitudes del grupo lindaban con la exageración. A ese libro le siguió otro, en 1965: Ocupación de la palabra. Sin someterse a los estériles preceptos del «realismo socialista», los cinco declaraban que para ellos el ejercicio de la poesía era inseparable del cambio de la sociedad. Al proclamar su voluntad de unir el acto y la palabra, el grupo se implantó en la realidad con máxima lucidez y osadía poética, lo cual constituyó una especie de retorno a las verdaderas raíces del movimiento poético moderno.

Ese mismo torbellino expresivo se daba en todas las capitales de América Latina, donde a lo largo de 1961 se incubaron y fermentaron grupos poéticos y revistas literarias de la más variada índole. Sin conocerse entre sí, los creadores del Corno Emplumado y el Eco Contemporáneo publicaron su primera edición a finales de ese año. A gran velocidad, y por vía postal, entablaron puentes con otras publicaciones o grupos aplicados a «cambiar la vida y transformar la sociedad», como Los Nadaístas (Colombia), El Techo de la Ballena y Sol Cuello Cortado (Venezuela), El Pez y la Serpiente (Nicaragua), Los Tzántzicos (Ecuador), el Tropicalismo (Brasil) y otras manifestaciones análogas.

Así relató la norteamericana Margaret Randall los inicios de su revista literaria bilingüe (español-inglés) El Corno Emplumado, que privilegiaba los textos poéticos, tanto de autores de cierto reconocimiento como de jóvenes desconocidos, e incluía también, generosamente, cartas de los lectores:

Yo tenía veinticinco años y recién llegaba a la ciudad de México procedente de Nueva York con mi hijo Gregory, de diez meses. Conocí a Sergio Mondragón, a otros poetas mexicanos y a escritores de varios lugares del continente en las reuniones informales que hacía el poeta estadounidense Philip Lamantia. Philip vivía en la Zona Rosa y allí nos reuníamos noche tras noche.

El Corno fue un proyecto comenzado por ella ese año –después de haberse instalado en México D. F.–, junto al mexicano Sergio Mondragón y el también norteamericano Harvey Wolin. La publicación fue soñada por jóvenes poetas que se reunían para leerse sus obras inéditas e intercambiar opiniones; junto a sus creadores se encontraban Juan Bañuelos, Howard Frank, Homero Aridjis, Juan Martínez, Raquel Jodorowsky, Ernesto Cardenal… Según algunos, la juventud y la inocencia de los editores condujeron a un error: «adelantarse a su tiempo y ser contemporánea de todo un espacio donde la mera palabra no bastaba para impulsar transformaciones sociales».

        El Corno Emplumado / The Plumed Horn le debió su nombre a un instrumento musical usado por los jazzistas ―el corno― y a las plumas de Quetzalcóatl: el primero, expresión musical del pueblo de los Estados Unidos; las segundas, representantes del dios mítico y símbolo cultural de los mexicanos. No resultaba raro este nombre en el contexto de la década del 60, si se repasan los títulos fantásticos de revistas, grupos literarios o lugares de bohemia de esa época en América Latina: Pájaro Cascabel, El Escarabajo de Oro, El Techo de la Ballena, El Coyote Flaco, El Gato Tuerto
El Corno Emplumado (1961-69) tuvo 31 números de entre cien y doscientas cincuenta páginas cada uno, un tiraje promedio de dos mil ejemplares y un costo de unos quince mil pesos mexicanos por edición; se consideraba un antigrupo de la contracultura que inauguraba una relación completamente inédita, una plataforma transnacional de poesía en América. Sin responder a una orientación estética determinada, escuela artística o grupo poético, su carácter ecléctico e híbrido proponía una agitación intercultural acorde con la proyección de editores visionarios de una nueva época de neovanguardia.

 

Cambio de forma y fondo – En Argentina, Eco Contemporáneo (1961-69, 13 ediciones) surgió de la amistad entre dos jóvenes escritores (Antonio Dal Masetto y Miguel Grinberg) y un estudiante de filosofía, Juan Carlos De Brasi. Eclécticos habitués de la bohemia cultural dispersa todas las noches a lo largo de los cafés, los bares y las pizzerías de la avenida Corrientes (Buenos Aires), entre la avenida Callao y el Obelisco. Rápidamente se sumó a ellos el poeta Alejandro Vignati, y un grupo de jóvenes intelectuales que cultivaban la amistad de un (luego célebre) escritor polaco en el exilio: Witold Gombrowicz. Ahí se distinguían Jorge Rubén Vilela, Jorge Di Paola Levín y Mariano Betelú. Ya en ese entonces, Grinberg mantenía (desde 1959) correspondencia con uno de los íconos de la Generación Beat estadounidense: el poeta Allen Ginsberg.

  1. Fervores inaugurales

 

Fue así que, del 6 al 14 de febrero de 1964, en la sede del Club de Periodistas de México D.F. tuvo lugar el Primer Encuentro de la Nueva Solidaridad poética de las Américas, sin otro patrocinio «institucional» que la presencia de 36 poetas de 14 repúblicas del Continente, y el apoyo de incontables poetas mexicanos. El acto inaugural fue abierto, con palabras de bienvenida, por el poeta mexicano Efraín Huerta, en los muros del salón lateral se montó una exposición de las decenas de revistas de poesía involucradas en dar impulso al flamante movimiento, y paralelamente se produjeron múltiples tertulias en la ciudad, asimismo de una gran lectura poética de los participantes en el parque de Chapultepec, además de un paseo grupal por las ruinas arqueológicas de Toluca, remanente de la civilización teotihuacana. La promoción de todas las iniciativas solidarias fue guiada por los poetas Mondragón y Randall (fundadores de El Corno), Thelma Nava (co-directora de Pájaro Cascabel) y Grinberg (editor de Eco Contemporáneo).

En años más recientes, durante un homenaje a la obra de Thelma Nava, el poeta Mondragón destacó que ella documentaba en su revista la nueva poesía de ruptura con la estética anterior, que empezaba a escribirse en aquellos años en México y otros países de nuestro continente. Los poetas que Pájaro Cascabel publicaba no escribían ya como sus antecesores sino que experimentaban y eran protagonistas en su escritura, de un cambio que se daba en la forma y el fondo del poema. Allí podía leerse a, entre otros, a Homero Aridjis, Gabriel Zaid, Elva Macías, Raúl Navarrete, José Emilio Pacheco, José Carlos Becerra, Marco Antonio Montes de Oca, Isabel Fraire, Alejandro Aura, Jaime Sabines, Leopoldo Ayala, los poetas del grupo La espiga amotinada. Nombres nuevos y jóvenes en la literatura mexicana que retomaban de algún modo la corriente que había permanecido subterránea de los poetas del estridentismo y las vanguardias, y se instalaban en tierras poéticas recién descubiertas para ellos, en forma similar a como los estridentistas y los poetas del grupo contemporáneos se habían desmarcado, en su momento, de la estética del modernismo y habían inaugurado una nueva poética.

Se trataba de una revolución en el interior del lenguaje, cuyas consecuencias están vivas en lo que se habla y piensa hoy en día, y que han influido en casi toda la poesía que se escribe no sólo en México y Argentina, sino en el ámbito más amplio de la lengua española. Porque aquel movimiento fue continental. Una ruptura estructural en todas las artes.

Jornadas precursoras – El segundo encuentro de la Nueva Solidaridad no llegó a concretarse. Estaba prevista su realización hacia finales de 1964 en Brasil, con apoyo de las autoridades culturales del estado de Río de Janeiro y la Unión Nacional de Estudiantes (UNE), en días de la asunción de Jango Goulart como presidente de la República, hecho impedido por el golpe militar del 31 de marzo de ese año, con gobiernos de facto que se prolongaron hasta 1985. En la época, la foto de la fachada de la UNE en llamas apareció en todos los medios de prensa y simbolizó paradójicamente la etapa oscura que se vivió durante los años subsiguientes en la región latinoamericana.

El turno del golpe dictatorial en Argentina llegó en junio de 1966, en tanto en México la víctima de la violencia represora fue el movimiento estudiantil de 1968, una expresión social en la que además de estudiantes de la UNAM, IPN y diversas universidades, participaron profesores, intelectuales, amas de casa, obreros y profesionales en la ciudad de México y que fue reprimida el 2 de octubre de ese año por el gobierno de México en la matanza en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco y finalmente disuelto en diciembre de ese año. El hecho atroz (entre 250 y 325 muertos) fue cometido por un grupo paramilitar denominado Batallón Olimpia, la DFS y el ejército mexicano al atacar una manifestación convocada por el Consejo Nacional de Huelga, órgano directriz del movimiento. El Corno editorializó con una fuerte crítica a la masacre, se evaporaron los fondos oficiales de patrocinio, los editores recibieron serias amenazas, las imprentas se negaban a imprimirla… finalmente, cundió el desbande.

Parte de esta historia única ha sido rescatada por una obra fílmica documental, El Corno Emplumado – Una historia de los 60, realización danesa de Nicolenka Beltrán y Anne Mette W. Nielsen, que declararon:

Este es un trabajo que muestra el interés por la recuperación de una parte de nuestra cultura que, de lo contrario, no llegaría a otras generaciones. En estas revistas, se publicaron las primeras traducciones al español de los hoy conocidos escritores del movimiento beat. La obra, además de proyectar la opinión de Randall, Mondragón y Grinberg, también cuenta la historia de sus colaboradores. Fue una publicación que reunió dos ámbitos, dos lenguas y dos culturas.

 

Se trata de una travesía que representa el reencuentro con las historias, pensamientos, sueños y visiones de los poetas y artistas plásticos que durante aquella década hicieron posible una publicación única. Editadas durante ocho años ininterrumpidoslas revistas de la Nueva Solidaridad lograron convertirse en un puente cultural entre el norte y el sur de América. Fueron las publicaciones más significativas y vanguardistas de su época, que reunieron el trabajo de artistas plásticos como Leandro Katz, de una pléyade de escritores mexicanos y argentinos, y arquetipos generacionales como Ernesto Cardenal (Nicaragua), Raquel Jodorowsky (Chile-Perú) y Gonzalo Arango (Colombia), etc.

Un libro editado* reúne los manifiestos poéticos dispersos del Primer Encuentro en México, testimonios de sus protagonistas, una extensa entrevista retrospectiva a Mondragón y Grinberg realizada por el poeta Claudio Willer (ex presidente de la Unión de Escritores de Brasil), un racconto de la poeta Randall, y una selección poética efectuada por Grinberg, tomada de las páginas publicadas en aquellos días precursores.

* Poesía y Libertad. Manifiesto del Movimiento “Nueva Solidaridad”. Editorial Fundación Ross, Rosario, 2010.

APÉNDICE

MENSAJE A LOS POETAS

Thomas Merton

[Comunicación enviada por correo desde su monasterio, para su lectura pública en México]

Los que somos poetas sabemos que el motivo de un poema no es descubierto hasta que ese poema existe. El motivo de un acto viviente sólo adquiere realidad en el acto mismo. Esta reunión es una explosión espontánea de esperanzas. Por eso es una osada empresa de humildad profética, no sustentada ni financiada por fundación alguna, ni organizada o difundida por algún grupo oficial. Es expresión viva de la creencia de que hay ahora en nuestro mundo gente nueva, nuevos poetas que no están bajo la tutela de sistemas políticos establecidos ni de estructuras culturales —sean comunistas o capitalistas— pero que se atreven a tener esperanza en su visión de la realidad y del futuro. Esta reunión se congrega en una llama de esperanza cuya temperatura no se ha tomado todavía y cuyos efectos aún no se han estimado, porque se trata de un fuego nuevo. El motivo del fuego no le puede resultar evidente a quien no esté calentado por él. La razón de estar aquí y de nuestra solidaridad aparecerá recién cuando nos hayamos metido todos juntos, sin reservas mentales, en contradicciones y posibilidades.

Creemos que nuestro futuro estará hecho por el amor y la esperanza, no por la violencia y el cálculo. El Espíritu de Vida que nos ha reunido, sea en el espacio o sólo por coincidencia, hará de nuestro encuentro una epifanía de certidumbres que no podríamos conocer en el aislamiento.

La solidaridad de los poetas no está planeada y ligada a las convicciones políticas, puesto que éstas son fuente de prejuicio, ardides y maquinaciones. Cualesquiera sean sus fallas, los poetas no son intrigantes. Su arte depende de una profunda inocencia, que se malograría en los negocios, en la política o en cualquier otra forma organizada de vida académica. La esperanza que descansa en cálculos ha perdido su inocencia.

Nos estamos uniendo para defender nuestra inocencia.

Toda inocencia es una cuestión de fe. No hablo ahora de un acuerdo organizado, sino de convicciones personales internas, «en el espíritu». Estas convicciones son tan fuertes e innegables como la vida misma. Están arraigadas más en la fidelidad a la vida que a sistemas artificiales. La solidaridad de los poetas es un hecho elemental como la luz solar, como las estaciones, como la lluvia. Es algo que no puede organizarse, sólo puede suceder. Sólo puede «recibirse».

Es un don al que hemos de permanecer abiertos. Nadie puede planear la salida del sol o la caída de la lluvia.

A pesar de todos los programas formales y abstractos, el mar continúa mojado. La solidaridad no es colectivismo. Los organizadores de la vida colectiva se burlarán de la seriedad o de la realidad de nuestra esperanza. Si nos infectan con su duda, perderemos nuestra inocencia y con ella nuestra solidaridad.

A menudo, la vida colectiva está organizada sobre bases de intriga, duda y culpa. El arte político que crea antagonismos entre los hombres y el arte comercial que los cotiza según un precio, destruyen la verdadera solidaridad. Sobre tales medidas ilusorias construyen un mundo de valores arbitrarios, sin vida ni significado, lleno de agitación estéril. Poner un hombre contra otro, una vida contra otra, una obra contra otra, y medirlo todo en términos de costo o de privilegio económico y valor moral, es contagiar a todo el mundo con una profunda duda metafísica. Divididos y enfrentados por propósitos de valoración, los hombres adquieren inmediatamente la mentalidad de objetos en venta en un mercado de esclavos, Desesperan de sí mismos porque saben que han sido infieles a la vida y al ser, y ya no encuentran a nadie que les perdone tal infidelidad.

Pero su desesperación les condena a mayor infidelidad: alienados de sus raíces espirituales, se las arreglan para quebrar, humillar y destruir el espíritu de los demás. En tal situación no hay alegría, sólo hay cólera. En la profundidad de su ser todo hombre se siente emponzoñado por la sospecha, el descreimiento y el odio. Cada cual experimenta su propia existencia con sentimiento de culpa y de traición, y como una posibilidad de muerte: nada más.

Nos unimos para denunciar la vergüenza y la impostura de todas las mentiras colectivas.

Si vamos a permanecer unidos ante estas falsedades, ante todo poder que envenena al hombre y lo sujeta a las mistificaciones de la burocracia, del comercio y del estado policíaco; hemos de rechazar el ser cotizados. Hemos de rehusar la clasificación académica. Hemos de rechazar las seducciones de la publicidad. No hemos de permitir que se nos enfrente unos contra otros en comparaciones místicas; en ortodoxias políticas, literarias o culturales. No tenemos que devorarnos, o desmembrarnos para entretenimiento de su prensa. No tenemos que dejarnos devorar por ellos para que apacigüen su duda insaciable. No hemos de estar meramente a favor de esto y contra aquello, aunque nos hallemos a favor de «nosotros mismos» y contra «ellos». ¿Quienes son ellos? No les demos apoyo convirtiéndonos en una «oposición» que suponga que son definitivamente reales.

Permanezcamos fuera de «sus» categorías. Es en este sentido que todos somos monjes: pues permaneceremos inocentes e invisibles frente a sus publicistas y burócratas. Ellos no pueden imaginar lo que hacemos. No podrán, a menos que nos traicionemos, y aunque esto ocurriera, tampoco podrían.

Nada entienden salvo lo que ellos mismos han decretado. Son taimados que tejen palabras en torno a la vida, y luego ajustan la vida a lo que ellos han declarado. ¿Cómo pueden fiarse de alguien, cuando hacen que la vida misma diga mentiras? Son los hombres de negocios, los propagandistas y los malos políticos quienes creen devotamente en «la magia de las palabras».

Para el poeta hay algo que no es precisamente mágico. Está sólo la vida con su imprevisibilidad y toda su libertad. Toda magia es una cruel empresa de predicción y manipulación, un círculo vicioso, una profecía auto-consumada.

La magia de las palabras es una impureza de lenguaje y de espíritu donde las palabras, reducidas deliberadamente a la ininteligibilidad, apelan sin compasión a la voluntad vulnerable. Riámonos y parodiemos esa magia con otras variaciones de lo ininteligible, si queremos. Pero es mejor profetizar que ridiculizar. Profetizar no es predecir, sino captar la realidad en su momento de suprema expectación y tensión hacia lo nuevo. Esta tensión se descubre no en el entusiasmo hipnótico, sino a la luz de la existencia cotidiana. La poesía es inocente de predicción, porque ella misma es la consumación de todas las predicciones importantes ocultas en la vida diaria.

La poesía es florecimiento de las posibilidades corrientes. Es el fruto de una elección común y natural. Tal su inocencia y su dignidad.

No seamos como los que desean que el árbol dé primero su fruto y luego la flor: un truco mágico y un anuncio. Estemos contentos si la flor aparece primero y la fruta después, en el momento debido. Tal es el espíritu poético.

Obedezcamos a la vida, y al Espíritu de la Vida que nos llama a ser poetas, y cosecharemos muchos frutos nuevos de que el mundo tiene hambre: frutos de esperanza que nunca se habían visto. Con estos frutos apaciguaremos los resentimientos y la cólera de los hombres.

Estemos orgullosos de no ser brujos, sino hombres comunes. Estemos orgullosos de no ser expertos en algo.
Estemos orgullosos de las palabras que se nos dan para nada; no para adoctrinar, no para refutar a nadie, no para demostrar que nadie sea absurdo, sino para señalar, más allá de todos los objetos, el silencio donde nada puede decirse.

No somos persuasores. Somos los hijos de lo Desconocido. Somos los ministros del silencio necesario para curar a todas las víctimas del absurdo que yacen agonizando de alegría artificial. Reconozcamos entonces quiénes somos: derviches locos con secreto amor terapéutico, amor que no puede comprarse ni venderse, y que los políticos temen más que la revolución violenta, pues la violencia no cambia nada, y el amor lo cambia todo.

Somos más poderosos que la Bomba.

Digamos «sí» entonces a nuestra nobleza abrazando la inseguridad y el abatimiento que una vida de derviches impone.

En la República, de Platón, no había sitio para los poetas y los músicos, menos para los derviches y los monjes. Los Platones tecnológicos que ahora creen regir el mundo en que vivimos, imaginan que pueden seducirnos con banalidades y abstracciones. Pero podemos eludirlos simplemente metiéndonos en el río heracliteano que nunca se cruza dos veces.

Cuando el poeta hunde sus pies en ese río siempre móvil, la poesía emerge de sus aguas relucientes. En ese instante único, la verdad se manifiesta a todos los que son capaces de recibirla.

Nadie puede llegar al río sobre otros pies que no sean los suyos. No puede llegar en vehículos.

Nadie puede sumergirse vistiendo la túnica de las ideas públicas y colectivas. Debe sentir el agua en su piel. Debe saber que el contacto es para las mentes abiertas solamente, y para los inocentes.

Vamos, derviches: aquí está el agua de vida. Dancemos en ella.

Abadía de Getsemaní,
febrero de 1964

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