A la hora de ejercer la Poesía Oral, leer en vivo un texto propio o ajeno de nuestra elección, todos nos enfrentamos a un regulador social, muchas veces desmedido y pocas veces bien recibido, al que denominamos VERGUENZA.

Hay una escena en la exitosa novela La Conjura de los Necios de John Kennedy Toole (quien nunca llegó a verla públicada) que siempre llamó mi atención. Es aquella en la que el protagonista, Ignatius Reilly, pretende ganarse la simpatía de los negros trabajadores de una fábrica en plena jornada laboral y para lograrlo se pone, sorpresivamente, a bailar ridiculamente y a gritar cosas como: “Adelante” o “Hazlo muchacho”. En principió consigue que los negros se rían de él y lo señalen, luego trastabilla y cae al suelo sonoramente. Es entonces cuando logra que se acerquen los negros preocupados a ver si no se lastimó. Al relatar esta pequeña anecdota en su diario, Ignatius pone:

 

Yo estaba ileso, y dado que el orgullo es un Pecado Mortal que creo que en general eludo, nada había resultado dañado.

Es aquí donde Ignatius demuestra, al menos por un momento, ser completamente consciente del efecto que causa en los demás y de los motivos por los cuales consigue salirse con la suya una y otra vez, por más que la suya sea siempre una pésima idea.

Provengo de una familia escencialmente comerciante. Crecí vendiendo. Me criaron para eso, me formaron para eso, a veces pienso que me tuvieron para eso. Mi abuelo me enseñó todo lo que sabía sobre como hacerle sentir a una persona que estaba ganando al aceptar mi propuesta, me decía:

¿Ves? Todos ganamos porque el cliente solo necesita creer que gana. Cuando cree, se vuelve realidad. Ganar, perder, todo es lo mismo.

Así intentaba convencerme de que saliera a vender con un cuchillo entre los dientes ese viejo bucanero de acento árabe. Pero lo mejor aparecía cuando yo le replicaba diciendo que me daba vergüenza. Entonces me respondía muy serio:

Quien admita que tiene vergüenza primero se la saca de encima y se la deja toda al otro. Ahí es dónde concretaste la venta. El que se averguenza acepta las condiciones, el que no, las pone.

Dudo que me haya dicho eso porque apenas si hablaba español pero yo lo recuerdo así. El intercambio da vergüenza porque da vergüenza admitir que querés algo del otro pero ahí está ocurriendo de todos modos.

Cuando leemos en público un texto propio, abrimos nuestro lo que fuere frente a otras personas; por qué lo hacemos? ¿Buscamos reafirmar nuestro ego? ¿Queremos compartir? ¿Nos avergüenza reconocer que queremos la aprobación? El aplauso? ¿O la simple confirmación de que existimos en tanto el otro existe también? Aquella frase famosa que decía Pienso, luego existo puede sonar un tanto egoísta en tanto demuestra la existencia de uno pero no del otro. Uno existe porque está pensando, pero como saber que el otro también está ahí? Bueno, la frase implica el uso de lenguaje, el lenguaje existe porque personas quisieron comunicarse. Si no existiera el otro, ni siquiera estaríamos usando palabras. He ahí la demostración de que el otro existe. En la vergüenza se da una cierta duplicidad de protagonistas: es vergüenza de uno mismo, pero de uno mismo al ser visto por otro, es por lo tanto una de las más importantes expresiones de la experiencia intersubjetiva, de la experiencia o presencia del otro.

Cuando siento vergüenza, justo antes de salir al escenario, me lo tomo como una buena señal. Siento que estoy a punto de decir algo que me representa, de que estoy realmente ahí, de que voy a compartir. La vergüenza es mi indicador de que estoy siendo yo y de que estoy siendo consciente del otro. Este pequeño trabajo interpretativo me sirve, además, para no fumarme de lleno el aspecto negativo de la vergüenza, el congelamiento, la renuncia de la actividad completa, la elección de no estar. Con los años me he generado algunos pequeños trucos para lidiar con esto de la mejor manera posible. En primer lugar, me invente esta ridícula pero efectiva frase: Hacer es hacer bien, no hacer es hacer mal. El punto es que conozco la consecuencia de la inacción, pero el resultado de la acción es siempre inesperado o como decía un primo mío: Vos hacelo que siempre a alguien te vas a coger.

En segundo lugar, cuando caigo en la trampa del ego, paso a preguntarme ¿Qué es lo peor que puede pasarme?. Es decir, si lo que me importa es la imagen que tienen los otros de mí, puedo aferrarme a esta simple conclusión: Nadie va a recordarme por hacer algo muy malo, solo van a recordarme por hacer algo bueno. Nadie va a ponerme una etiqueta que sostenga que ahí va aquel que leyó un texto horrible. La condena es el olvido, la no existencia y de ahí había partido de todos modos. Pobres de aquellos que tienen una imagen que sostener. Pobres de aquellos que se someten una y otra vez al examen para verificar que siguen siendo ellos, que son alguien. Como si ser alguien fuera algo que pudiera evitarse. Lo cierto es que caen en la trampa de pretender ejercer un ser competitivo, ser alguien por sobre los demás y eso los condena a un lugar de mucha soledad. La vergüenza existe también para recordarnos que somos en tanto el otro. Antes que el “ser”, prefiero asimilar el “estar”, ejerciendo la frase espejo de ese ser alguien, aquello que tampoco puede evitarse, el sospechosamente condenado dejarse estar. Me dejo estar en el escenario.

Por último, y a modo de advertencia, leer en vivo es compartir. No tiene sentido hacerlo para uno mismo pero en presencia de los demás. No tiene sentido leer bajito, sin que se nos escuche, con palabras que solo entendemos nosotros. Eso no conecta. Eso niega al otro. Creo que una vez internalizada y aceptada la vergüenza podemos entonces transformarla en algo mejor y dejarle toda esa sensación de incomodidad al otro, al que nos ve, al que nos escucha. Esa sensación es un vehículo para que nuestras palabras lleguen. La risa es una forma de reaccionar ante la vergüenza, el silencio también puede serlo. A veces nos refugiamos en la comedia porque encontramos en la risa la confirmación constante de que el público existe, de que nos siguen viendo pero la verdadera confirmación es la vergüenza. Si sentimos vergüenza, es que vamos bien. Vivamos arriesgando. ¿Qué podemos perder? Ya estamos aquí.

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