De cómo evitar que la fuerza de su pieza poética se disuelva entre redundancias y naderías. Empuñe la hoz correctora y salve a su poema de ser esa letanía insufrible que aburrirá a los oyentes hasta el abatimiento y la locura.

La duración ideal del poema es algo muy subjetivo. Hay gente de ceño tumefacto que aprecia el desarrollo envolvente de una lectura de largo aliento, y también espíritus hambrientos cuya concentración volátil no dura lo que un tema de punk. Cada extensión tiene sus posibilidades, y cada aficionado hace de su escucha un jardín (para mí, salvo excepciones, más de seis minutos es vicio) pero cuanto más se extiende una lectura, más pesan los momentos prescindibles. Esas palabras y segundos que sobran vuelven menos efectivo a un texto rapidito y envenenan mortalmente a uno largo. Repeticiones obcecadas, aclaración de metáforas, altas proporciones de pausas dramáticas y referencias improcedentes son algunos de los baches más comunes en los que tropieza y se desgasta la atención dispuesta.

Quien escucha un poema oral no le exige verosimilitud. No la espera. No la quiere ni le importa. Entonces, cuando usted dice una imagen o una acción, no necesita aclarar ninguna cosa que no sirva al poema. No es su deber hacer un relato congruente, puesto que no es usted un relator, y no conviene que se lo atienda como tal. Tampoco es conveniente, si desea resaltar una frase del texto, repetirla varias veces con el mismo desgarro estentóreo, o importunar a sus amigos para que le hagan coro: se arriesga a producir el efecto contrario, convirtiendo su precioso concepto en un slogan forzado, insidioso y hueco. Mientras tanto, esas referencias populares (a cuál más divertida y ocurrente) con las que intenta llegar al público tomándose el imaginario colectivo, suelen trivializar y distraer, y rara vez sirven al sentido. A veces -sufro al decirlo- no es el momento para hacer un chiste. Y el tiempo pasa creciendo, como un tirano que votamos todos.

Por suerte, en su trabajo de creador original está la solución. Tome su texto más fresco y su lápiz más fiel. Observe el lápiz. Descubrirá, opuesto al grafito precoz, un breve taco de goma. Si invierte el lápiz, notará que puede usarlo para borrar. Borre un poco de allí, luego otro poco allá, emociónese, frote esa goma en las frases encalladas y trasquile las ideas inseguras, usted puede ahorrarse la medalla bufonesca de artista incomprendido y ahorrarnos el bonete de interpretante estulto, sea fuerte y borre como quien escribe la ausencia: corrija.

Corrija esa masa informe de metáforas cruzadas, parches caprichosos de otros géneros, conceptos sin gollete, obviedades, pavadas y firuletes vanos; léalo, pronuncie, destierre lo que no sirve, sintetice lo que sirve, reemplace repeticiones con entonaciones, pruebe, juegue y corrija ese montón de nada antes de infligírselo a un grupo de oyentes ilusionados que en nada lo dañaron a usted y no le desean el mal aún. Tómese su tiempo. Lo esperamos. Confiamos en que, cuando llegue, traerá un poema firme y maduro. Y sabemos, como sólo se sabe en sueños, que durará exactamente lo que tiene que durar.

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