Por Emanuel Frey Chinelli y Sebastián Goyeneche

HERNÁN

Veo veo. Antología 1994-2014

Edición de autor

diciembre 2014

En la poesía, forma y contenido son indisolubles: como la música, la poesía se torna universal, atraviesa los aspectos hondos y totales del ser, la fibra primordial en la que latimos. Nos paramos frente al espejo y nos hacemos una pregunta difícil: “¿Quién soy?”. El poema es una llave, a veces, para comprender el mundo que habitamos. Dice Hernán: “yo no soy Hernán / es un acuerdo entre partes / para que al llamarme / no tarde en volverme / en volverme / por un instante / Hernán”. Dice también: “flaco / como la suela entre mis pies / y el camino // ¿con qué cara / llamar a qué / mío?”.

Hernán es un poeta que dejó atrás la barrera del apellido para poner un dedo en el río de la poesía y contemplar lo que allí vibra, un bicho que en dos patas avanza, oyendo el cencerro que en su cogote lleva puesto. Veo veo es una antología que compila textos escritos entre 1994 y 2014, algunos publicados en libros ahora inconseguibles –que, agradecerán los lectores, se presentan nuevamente– más otros inéditos que son el producto de lo que han visto y tocado sus ojos y las manos; el resultado: estos versos, “lo más parecido a mí que he visto”.

No hace falta más que entrar a www.treneshaciaafuera.com.ar para enterarse de quién es Hernán y ver la harina de la que está hecho. Sus poemas son piezas labradas de un modo tal que nos invitan a pasar y sentir, si nos animamos, lo que se narra tal cual sucedía en el momento en que sucedía: un gato vaciando sus tripas en el patio, un cuerpo reconocido por los tatuajes en su pecho tres disparos después, un auto en el que un amigo carga su muerte y nos deja a solas con la nuestra; pero también el sexo titilando en la punta de la lengua, una bala perdida que encuentra a alguien y lo pierde, una pintada que dice, simplemente, “Jesús traidor”. Son notables las fotografías incluidas a lo largo del libro: documentos de época (no olvidemos que Hernán formó parte de los Verbonautas, dio letra a músicas de Pez y organizó –todavía organiza– ciclos de poemas, pinturas y canciones; es uno de los tercos buceadores, entre muchas otras cosas que también hace), poemas manuscritos, fotos íntimas, muestras colectivas y hasta un libro colgado en la pared que, finalmente, ahora podemos llevarnos a casa.

En esta “época poca” de la inmediatez y la distracción, en la que la norma es cuántos puntos mide el ego, Veo veo se planta como un árbol lleno de frutos jugosos, como un pan amasado en la casa que sigue y sigue, presto a saciar a quien se anime, de una vez, a la poesía en su estado más sincero, más desnudo. Tarea de pocos pensar cada palabra.

Emanuel Frey Chinelli

las plantas verdes LQ ed

 

MARÍA LUCESOLE

Las plantas verdes del verano

Tammy Metzler Editorial

36 págs., diciembre de 2014

Desde la épica a la lírica, la poesía siempre fue un canal para inspirar y transmitir una cultura, compartida o no, entendida o no, al otro. Hoy que vivimos en una sociedad occidental sumamente contaminada por el constante requerimiento de la mirada, tanto que nos quedamos mirando por horas cosas que no inspiran en absoluto, el intento de María Lucesole es el de recortar aquellas miradas útiles y construir poemas sinceros, abiertos, fulminantes.

Es casi una estadística: cada 20 versos de María hay uno o dos que te desarman. Nació y vivió casi toda su vida en Lobos, provincia de Buenos Aires, por eso predomina en su obra una mirada plagada de la contemplación típica de una cultura de pueblo: mirar lo necesario, ni más ni menos, y hacer ojos sordos a lo innecesario.

La falta de acción es entrada del sentimiento, de la afectación, de la reflexión… Cuando hay acción se trata apenas de una caminata, de un viaje o de compartir un cigarrillo, porque la acción principal es contemplar este mundo desatado que nunca se detiene. Y encontrar ahí lo quieto: una estrella es un maestro, los quehaceres de una abuela son un pozo de diamantes, una planta mecida por el viento es una conferencia; y un poema que habla de todas estas cosas, un catálogo preciso de formas para aprender a sentir eso que la gente de ciudad no sabe apreciar. Un fragmento dice: “Con los alumnos del campo leemos poesía de campo. La poesía de la ciudad no le gusta a ninguno, y a mí, estando en el campo, tampoco. La misma alumna que viene en camioneta me contó que tuvo que salir a mirar el atardecer para comprobar que la poesía que les di para que leyeran hablaba de ese momento del día”.

María Lucesole toma de la oralidad aquellas cosas que por simples a veces dejamos pasar, pero que llevadas a su significado real nos pueden afectar mucho más. La oralidad nunca es un propósito forzado sino un gesto, un reflejo del lugar donde ella ubica el hacer poesía: en lo cotidiano, en la vida simple del contacto humano, sin suspicacias, sin ocultamientos ni pretensiones.

Las cosas están antes que nosotros, por eso le quita el ego al yo lírico y le agrega un yo, una personalidad, una identidad, a las cosas que nos rodean. Logra una poesía leíble por personas de cualquier edad, pero no por eso didáctica o aburrida. Le saca jugo a la corteza de un árbol, a un paisaje cualquiera o a un despertador al que le falta una pata. Transmite paz, muestra el peso de lo que es la compañía. Construye un espacio y sus imágenes amueblan ese espacio, haciendo de él un lugar donde es posible descansar y donde mirar es una acción que nos transforma.

Sebastián Goyeneche

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