Esta va a ser una noche legendaria”, sospechaban las más de trescientas personas agolpadas en la cancha de pelota de la calle San José, en Montevideo. Aunque algunos dicen que no fue en la cancha, sino en el Teatro Artigas. Y otros que fue en Paysandú en vez de Montevideo. Como en toda leyenda, lo que importa no está en los detalles sino en la significación. Era el 23 de julio de 1884 y Gabino Ezeiza, natural de Buenos Aires, entraba al recinto para batirse en contrapunto ejemplar con Juan de Nava, cantor y payador uruguayo.

Están los que opinan que el público le era hostil y los que no, pero Ezeiza tenía todas las de perder: de Nava tenía fama de invencible, era protegido del entonces presidente Máximo Santos y además jugaba de local. Cuentan que, al empezar, el oriental cantó unos versos de Rafael Obligado y que recibió la reprobación del público por representar a un argentino, pero entonces intervino Ezeiza diciendo que él mismo solía cantar versos de Magariños Cervantes, montevideano. Eso le valió la simpatía del público, que lo terminó consagrando vencedor del duelo, aunque no por ese gesto, sino por lo que se celebra como una actuación magistral de parte de Ezeiza, que fue aclamado de inmediato por la prensa local y hasta recibido por el presidente Santos.

Pero acá no termina la cosa. El mito añade otra incógnita a la ecuación. La mayoría de las fuentes aseguran que lo que le otorgó la victoria al Negro Ezeiza fue la improvisación de versos en conmemoración a la Defensa de Paysandú, que había tenido lugar veinte años atrás, ante el sitio impuesto por una coalición entre soldados brasileños, argentinos (enviados por el intachable Bartolomé Mitre) y orientales al mando del uruguayo Venancio Flores. Paysandú finalmente cedió ante el asedio y fue conquistada. Sus oficiales fueron fusilados, pero la resistencia de los sanduceros encendió en Uruguay una corriente de fervor nacionalista. Las líneas de Ezeiza pasaron a  la Historia bajo el nombre de Saludo a Paysandú, y hasta sirvieron de letra al tango homónimo que supo cantar Carlos Gardel.

No extrañaría a nadie que el argentino se haya puesto al público local en el bolsillo con una alabanza tan oportuna de sus héroes, pero el historiador sanducero Carlos Estefanell aduce que no existe evidencia real de que Ezeiza haya recitado estos versos hasta 1895, una década después. ¿Acaso importa? No es sino la performance legendaria –¡y no la real!– de 1884 la que se conmemora en Argentina el 23 de julio, Día del Payador. Y también fue uno de los grandes hitos que motivó que la payada comenzara a ser reconocida por los círculos de la cultura oficial como una forma legítima de arte y como una actividad profesional digna de paga.

La payada es una expresión mixta, músico-poética, típica del Cono Sur sudamericano. Si nos atenemos a los primeros registros, surgió en el siglo XIX entre cantores campesinos que, acompañados de charangos o vihuelas (la guitarra española se popularizó después), improvisaban versos rimados en métrica fija explayándose sobre algún tema en particular, que solía ser propuesto por el público. Una variación corriente era la payada de contrapunto, en la que dos payadores se enfrentaban en un juego de pregunta-respuesta que podía durar horas –o incluso días– hasta que alguno de los dos agotara su capacidad de improvisación, o hasta que el auditorio proclamara vencedor a su favorito, una mecánica similar a las batallas de freestyle rap de fines del siglo XX.

Cualquiera que haya leído el Martín Fierro se ha encontrado con versiones literaturizadas de ambas vertientes; el contrapunto entre Fierro y el Moreno es el más famoso de todos. Pero el formato que emplea José Hernández no es para nada exclusivo. Muchas payadas se interpretan en rima consonante, pero también se ha hecho extensísimo uso de la asonante y, si bien la métrica más corriente es la octosílaba (herencia directa de la poesía hispánica popular), encontramos numerosos ejemplos de versos que van desde el pentasílabo hasta el hexadecasílabo, sobre todo en las improvisaciones individuales.

Pero lo que más nos interesa acá es el contrapunto, ya que añade una dimensión épica a la expresión lírica. Se yuxtaponen dos historias: lo que cada payada cuenta, y la competencia cuasi caballeresca entre dos luchadores de la palabra armados de una vihuela. Estas justas verbales pueden ser, a su vez, narradas por otro payador y así sucesivamente, provocando que la bella mixtura entre relato y realidad haga llegar hasta nosotros episodios legendarios como el de Gabino Ezeiza contra Juan de Nava.

La canción que se entrelaza con la improvisación verbal en los contrapuntos se llama cifra, y durante el siglo XX predominó en esta melodía el ritmo de la milonga. Esto se lo debemos a Ezeiza, que en la cifra introdujo una milonga en tono de do mayor (que, según sus palabras, era “pueblera, ya que hija del candombe africano”) emparentándola con el candombe. Y es que Ezeiza era, al decir de la época, un moreno, discípulo de otro moreno, Pancho Luna, de quien dicen que payó y perdió contra el mismísimo Santos Vega, de quien dicen que payó y perdió contra el mismísimo Diablo.

En la sociedad altamente estratificada de fines del siglo XIX, no existían grandes oportunidades para que los afroamericanos alcanzaran una notoriedad duradera. El de Ezeiza es un caso excepcional. Mucho más que un one-hit wonder, fue protagonista de una serie de contrapuntos proverbiales, como el que sostuvo contra uno de sus adversarios favoritos, el también tenor Florencio Constantino que, según dijo el mismo Ezeiza, “se hacía temer”. Constantino, el gran cantor popular de Bragado (aunque vasco de nacimiento), se enfrentó al Negro en 1892 o 1893, durante una de las giras del porteño por la provincia de Buenos Aires. El duelo de titanes duró dos noches y, dado que los compiladores bragadenses no agitan ni añaden más comentario, podríamos inferir que concluyó de manera favorable para Ezeiza. Ambos contrincantes compartían, no obstante, un mismo bando político: eran seguidores de Alem y ambos participaron activamente en las revueltas radicales de 1893, aunque en distintas provincias.

Aquí habla nuevamente la leyenda: Gabino, que se había comprado un circo luego de ganarse la lotería, viajó en 1893 a Rosario con la contraseña para los radicales rebeldes y cajones llenos de armas ocultos entre la parafernalia circense. Cuando estalló el levantamiento, combatió contra un Regimiento de Infantería, fue derrotado y terminó en prisión. Mientras estaba en la cárcel entabló un contrapunto con Félix Hidalgo por correspondencia. Al ser liberado encontró que le habían quemado el circo y que nuevamente se hallaba en la miseria.

Otro de los grandes rivales de Gabino fue Pablo J. Vázquez. En Pergamino, allá por 1894, ambos chocaron en contrapunto feroz durante dos noches. Se hacía establecido los temas de antemano: el descubrimiento de América, el hogar, el porvenir de la patria, la opinión pública y la sociedad. Otra vez la victoria fue del Negro, que se hizo de un diploma honorífico y unos buenos billetes.

Lo que nadie puede negarle a Ezeiza es que hizo escuela. Muchos payadores jóvenes rioplatenses se formaron escuchándolo, ya que solía recorrer los pueblos provinciales, muchas veces llevando y trayendo noticias de lo que sucedía en otras partes del país. Pero nunca alcanzó un estilo refinado ni intentó acercarse a la poesía escrita de la época. Su talento radicaba en la improvisación ingeniosa que, en su inmediatez, solía incluir elementos del contexto de enunciación y él mismo era consciente de esto. Por eso, al enfrentarse a Vázquez, el Negro le batió “la diferencia que existe es fácil de calcular, que yo improviso ligero y usted se pone a pensar”. Luego se le rompió una cuerda de la guitarra a Vázquez, que dijo “es que se cortó una cuerda en este mismo momento y si una cuerda disuena se trunca mi pensamiento”. Entonces Gabino subió la apuesta: “Cierto le falta una cuerda y lo escuchó la reunión, la cuerda del sentimiento que da tanta vibración”. Se acordaba, quizás, de un contrapunto contra Nemesio Trejo (otro contrincante de peso, contra quien payó una vez durante tres noches consecutivas) en 1884, cuando se le rompió una cuerda de la guitarra durante un flow deslumbrante. Pero Ezeiza aprovechó el suceso y comparó la cuerda rota con sus propios sentimientos. Quiero creer que ganó.

Una de las anécdotas más divertidas narra cuando José María Cao, caricaturista, le pidió que se explayara sobre el logaritmo. Gabino se excusó y se fue a la casa de un amigo profesor para que lo instruyera. Al rato lo vieron volver para recitar el encargo: “Señores, voy a explicar / la ciencia del logaritmo, / si acierto a cantar al ritmo / de mi modesto payar. / Pongamos, para empezar, / dos progresiones enfrente; / por diferencia y cociente / correspondiendo entre sí, / y ¡ahijuna! saldrá de aquí / un sistema sorprendente…

Mil y un episodios se encadenan en cualquier reconstrucción de la animadísima vida de Gabino Ezeiza. Con esos hilos se teje la leyenda de un guitarrero negro y bravucón, de un revolucionario político que fue –dicen, siempre dicen– el mejor de los payadores argentinos. Algunos son medias verdades y otros, medias mentiras. Él, seguramente, estaría más que contento de que su propia biografía se asemeje también en esto al arte que abrazó.

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