La Negra, Tito y Florencio, mis tres maestras travestis, se juntaban todos los jueves, y a mí me permitían ir, al principio, cada quince días. La Negra con su –de día– bicicletero fiel, Tito o –de noche– Lady Chancleta, y Florencio, tanguero atípico capaz de bailar en tanga, dueño del vivero y amigo de las dos. En los Jueves entrenaban lo que coincidían en llamar el objetivo. No hacían distinción entre cotidiano y extraordinario; es más, acusaban a estas divisiones de ser trampas, para santurrones sin espalda y eruditos de lengua afuera, que suelen confundir. Según ellas lo primordial del objetivo es despertar la yacaré dormida que esconden las palabras. Expresión de la Negra, que era de corrientes; arriba del escenario se hacía llamar Señora Anaconda y con su metro ochenta prescindía de los tacos altos y siempre usaba cuestiones del litoral, para reforzar porte y verba; ¡frotemos las frases hasta que acaben afuera de las palabras! –gustaba chasquear como quien prueba una manzana. Florencio podría haber sido un buen varoncito ejemplar, y a su modo no dejaba de serlo –aunque ahora se pintaba los labios y cada tanto se calzaba alguna pollera escocesa, que podía volar, para bailar tango original. La vida lo puso en jaque de joven, la madrugada en que su mejor amigo de la infancia, con el que jugaba los martes a la pelota, se le apareció vestido de mujer y brutalmente golpeado, tocándole la persiana, pidiéndole asilo, y auxilio. Tito entonces tendría veinte años y había decidido –o estaba en eso– un cambio radical en su vida no confesado, hasta ese día en que lo descubriera su hermano y se precipitara un linchamiento familiar. Casi tres meses estuvo en lo de Florencio, que vivía solo con la abuela negra –a la que el barrio llamaba la Locucha, y no cariñosamente–, en un hogar bastante peculiar. Tres meses que trastocaron el mundo entero, las a y las o y demás vocales, y fortalecieron esa cuerda secreta, que a veces nace entre las personas y no rompe ni la muerte. Tito no pidió nada. Florencio, cuando cuenta esta historia, chisporrotea si calla     …        dice algo así todos los trajes, presentes y futuros, que tenía hasta entonces para vestir, se me volvieron obsoletos; la lengua tiende a cuentos que nos vuelven sacos rígidos de papas podridas o flores muertas si no vamos alertas, sacudiendo nuestros presupuestos.
En los Jueves hijos de puta –así los llamaban– armaban sus salidas furtivas, orales, a escuelas de la calle, clubes, reductos y antros gustosos, cómplices del objetivo.

Quería mudarme lo más cerca posible del vivero Rosa de Cobre –donde arrancó el arte marcial de poema Kid conurbano, gracias a mis maestras. En una de las recurrentes visitas furtivas, de esas donde quedaba girando por el barrio, perdido en el limbo fatal de los dieciocho recién cumplidos, llegué a un poste con un cartelito dibujado a mano que decía: El manzanar busca cadete frutal –y en letra grande subrayada abajo:– que se la banque. Y un teléfono con una dirección. Todo en una caligrafía más bien chota. No supe qué tipo de trabajo sería, pero lo sentí perfecto. Llamé y fui al día siguiente.
Por entonces yo hacía el C.B.C. de diseño en la facultad y lo único para justificarme fue que las frutas me podían. Era una verdulería –iba a poner “una simple verdulería”, pero no sería justo decir eso–, inmensa, y la atendían la bella y la bestia: Adolfo con Celsa –la mujer paraguaya escapada de Titanes en el ring. Me atendieron a dúo, Adolfo, y Celsa que me clavó, ¡vos con esos bracitos querés trabajar acá? Tomé aire, abrí la boca y puse lo mejor en mi presentación: ¡Las mandarinas Encore me derriten el paladar y son las mejores del mundo! Seguido argumenté que había nacido para cadete frutal y también me ofrecí de experto en colores para acomodar frutas. Creo que gané el buó, dale, probemos un mes y vemos, por el humor y la insistencia. Al final se transformó en trabajo estable y pude por fin mudarme al barrio, cerca del Manzanar y de la facultad; pero sobre todo, a menos de un colectivo del vivero Rosa de Cobre, donde se cocinaban los Jueves hijos de puta.

Abrió la puerta sin golpear, de sorpresa, interrumpiendo manso el momento medieval de los Jueves. Entró de culo. Espalda ancha, bolso que parecía contener un submarino adentro; lo apoyó en el piso mientras balbuceó algo que pudo ser unas disculpas por cortar el mambo          …        Gesto suave, mirada sostenida. Pelo claro con toques color rosa; en realidad, peluca mal puesta –se notaba el nacimiento del flequillo, castaño oscuro, natural–, desgreñada por arriba de los hombros (Mafalda + dedos en el enchufe = claritos quemados). Los brazos acordes a su espalda y manos delicadas. Vestidito a las rodillas, amarillo desplumado. Y una campera gastada de marinero, gigante, que ocultaba su fatalidad. La Negra, después de decirle, no te esperábamos hoy, abrazarla y acomodarle la peluca recién puesta, me la presentó como Walter, la reina Batato. El magnetismo que trajo al cuartito de los Jueves en el vivero, entre plantas y cortinas verdes, no se extinguió ni cuando se fue casi tres horas después. (Al rato me di cuenta que ya la había visto, meses antes, arriba de un anti-escenario, sin peluca, en una actuación tubérculo.) Por lo que pesqué –porque al principio no entendía el código–, estrenaba, en breve, una escena y necesitaba hacha medieval. Era nuestro momento más divertido o traumático, según se viera. Cada “jurado” con frutas pasadas o basura en mano, escuchaba atentamente el poema recitado por alguien, esperando a que terminara. Del Manzanar yo traía la peor verdura de los cajones sacados a la calle; y también la más linda; los dos veredictos posibles. Aquel día: bananas y peras hechas bosta; y un ananá perfecto que te llenaba de saliva con sentirle el perfume.

No demos más vuelta, agarren la fruta dijo la reina, ¿puedo mostrarles en la que estoy? Y revolvió en su bolso submarino, mientras agregaba: me la súper banco. Llamaba la atención el respeto y cómo las personalidades de Florencio, Tito y la Negra desembocaron en una devoción insólita para estas tres guachas ateas –por su situación familiar, guachas les cabe como un guante. Casi sin chistar, asintieron y se acomodaron a lo que decía la reina Batato. Y si mantengo el mote que le puso la Negra es porque me sentí bien adentro de lo real. Envuelta en fatalidad hasta las rodillas, ella, que todo lo que tocaba lo integraba en su poema, nos invitó a salir del cuartito de las cortinas verdes, al salón grande del vivero y a sentarnos en el pasillo de los jardines. Escondió algo, ¿un grabador?, entre arbustos. Hizo entrada discreta, mezclándose en distintas intensidades con un aire que imantó el sonido   …   Recién ahí, cuando pudimos sentir el blanco que cruje, el coso tosco de boca abierta, arrancó una hoja de Oreja de elefante y esta invocación a Alejandra –dijo. Para mí absolutamente desconocidas la poeta y su obra, y también desconocida la forma en que encarnó lo que hacía. Antes del primer verso se abanicó con la hoja gigante y venosa, proponía risa contenida, pero ni bien abrió la boca nos lanzó al yo estaba predestinada a nombrar las cosas con nombres esenciales. Y era la señora del barrio, cualquiera, chonga chismosa y a la vez estatua de sal y cantora asesina de la mugre recién salida del agua, a romper las plantas acostumbradas con el viento de la voz, desgarrada, se curaba a sí misma y a nosotras que pudimos recibir el riesgo de la memoria afectiva, tantas veces ninguneada en este páramo sordo. Yo ya no existo. Lo que no sé, es qué existe en lugar mío. Pierdo la razón si callo. Pierdo los años si hablo. Un viento violento arrasó con todo. Como quien tira un poder, absorbía con la yema de sus dedos la savia de las imágenes, rogándole a los arbustos una danza. Y ¡click!   …   Al principio no fue ni pausa ni verbo, sino ritmo del diablo de los pianos, con vegetal hipnotismo hizo que la reina moviera el cuerpo sagrado de nuestra respiración, vistiéndonos de baile hasta envolverse por completo en la lenta enredadera de las venas y en el beso de lengua que nos da la vida.

Cuando terminó, cerró los ojos y se cubrió con la manito. Era el final, momento cruel del celebrado tomatazo medieval. La Negra se acercó a Batato y la abrazó. Muda, le sacó la peluca de Mafalda heavy rosa, dejándole el pelo corto y su cara de actor de los cincuenta al descubierto, los labios apenas pintados de rojo. Y con el metro ochenta de Señora Anaconda, ella misma se quitó la peluca de Cleopatra y se la ofreció a la reina, diciéndole: yo creo, que tendrías que probar con una así, más llovida, para que cuando te abaniques, haga otro efecto. Y ese baile… hay algo de cañaveral, de garganta profunda, en lo que hacés.
Esos eran los puntos de discusión y teoría de lenguaje en los Jueves hijos de puta.
Nos comimos todo. Bananas negras y pedazos de peras que rescatamos de los gusanos. Mientras cortábamos el ananá, jugamos a la confesión. Podía ser invento pero tenía que sonar verdad. Cuando llegó el turno a Batato, se quedó mirándole las tetas a la Negra: ¿Cómo te decidiste?
¿Qué, estás con ganas?
La reina Batato se quedó con la boca abierta, en esa apenas cornisa de rouge y dientes   …   No, no, para nada. Preguntaba nomás.

 

PD: Para ver cómo quedó la escena: https://www.youtube.com/watch?v=UdRifn5ypho

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