-1-

Antes creía que yo y lo que escribo éramos la misma cosa. Sin embargo, la amistad puede no estar acompañada por la admiración artística. Aunque es innegable que son vasos comunicantes, tengo amigos a los que no les gusta lo que hago y que me leen solo porque son mis amigos. Federico, por otro lado, pareciera leerme independientemente de nuestra amistad. Por eso es el primero al que le paso los textos nuevos.

En 2013 escribí una crónica sobre mi abuelo Enrique. A los 79 años era la estrella del grupo de música Papelnonos y ensayando con ellos empezó a una historia de amor clandestina con su concuñada. Los integrantes de Papelnonos tienen en su mayoría más de 70 años. Hacen sus propios instrumentos de papel y usan chalecos con lentejuelas de colores. Los instrumentos no producen sonidos. En el escenario hacen playback. Su show no es sobre su talento sino sobre sus ganas de divertirse. La crónica sobre mi abuelo se llamaba “Bailando entre las balas”.

Amalia era la concuñada de Enrique. Su marido, Marcos, era el hermano de Esther, la esposa de Enrique. Mientras los hermanos Esther y Marcos vivieron, Enrique y Amalia se trataron con indiferencia u hostilidad educada. Después de la muerte de su esposo, para tratar de remontar una depresión, Amalia se unió a Papelnonos. Ahí empezó a salir con Enrique en secreto.

La crónica contaba el nacimiento de su romance y cómo juntos encararon la operación de coronarias de mi abuelo. Cuando la terminé se la llevé a mi amigo Federico para que me diera su opinión. La leyó. Me dijo que le había gustado, pero que le faltaba algo.

 

-¿Qué?

-No sé. Algo. Termina bien.

-¿Y?

-Y que la vida no termina bien.

 

Discutimos un rato sobre los finales felices, sobre la necesidad del arte de parecerse a la vida, o de arreglarla. En cualquier caso, me dijo, no podés publicarla sin permiso de tu abuelo.

“Bailando entre las balas” terminaba justo después de que mi abuelo saliera de la operación del corazón. Todavía estaba frágil cuando terminé el texto. No salía de su casa solo y cada dos o tres días le subía la presión. Me daba un poco de miedo que el texto le pegara mal y hubiera que salir de urgencia a la guardia por mi culpa. Tardé casi dos meses en darle el texto.

Ese día había ido a jugar al ajedrez a su casa. Después de cenar y de la partida, le di una copia. Se lo llevó a la cocina. Lo leyó en silencio. Cada tanto me asomaba por el marco de la puerta a ver por dónde iba. O a ver si ponía alguna cara. Terminó.

 

-Está bien escrito.

-¿Pero qué te pareció?

-Que está bien escrito. Le falta un poco de progresión dramática.

-Abuelo, al final el protagonista casi se muere en un quirófano y estuvo a punto de dejar a su novia viuda por segunda vez en dos años.

-Puede ser.

 

Me quedé esperando que dijera algo más. Nada.

 

-¿Te molesta si intento publicarlo?

-No. Adelante. Creo que me describís correctamente.

-¿Hay algo en especial que te haya gustado? ¿O que no te haya gustado?

-En un lugar ponés que los instrumentos de los Papelnonos no hacen ruido. Es incorrecto. Sí hacen ruido. Solo que no tocamos en vivo.

-¿Algo más?

-No. Solo eso.

 

Mi abuelo es particularmente inexpresivo. No sé qué reacción estaba esperando pero no era esa. A los tres días me llamó Amalia.

 

-Tu abuelo está como loco con tu crónica. ¡Se la mostró a su psicólogo, a sus amigos y a Laura Luna!

-¿Quién es Laura Luna?

-¡La directora de Papelnonos! Está chocho con lo que escribiste.

-No me dio esa impresión el otro día.

-Bueno, viste cómo es él.

 

-2-

Un mes después de la operación, el veintiuno de junio de dos mil trece, Enrique cumplió ochenta años. La familia decidió que era un evento para celebrar y organizó una comida para cuarenta personas en la casa de mis padres. Como para esa fecha Enrique no estaba del todo repuesto, y como tres de mis tíos no viven en Buenos Aires, la fecha oficial del evento se pasó para el cuatro de agosto, un mes y medio después del verdadero cumpleaños de Enrique. De todos modos, cuando llegó el 21 de junio, y para no dejar pasar su cumpleaños sin evento, mi abuelo propuso que toda la familia se juntara en la plaza Almagro, un viernes feriado, a las once de la mañana, para un día de juegos. El plan empezaba con toda la familia dando una vuelta a la plaza, después juegos al aire libre y después todos juntos a la casa de Enrique a almorzar.

Salvo mi tía que vive en Jujuy, que expresó el alivio que le daba vivir lejos y no tener que ir, los demás aceptamos con silenciosa resignación. Yo me puse a repasar las reglas del Zip-Zap-Boing, el Ninja Splash, el Bidi-bidi-bom y otros juegos más o menos copados que te enseñan en las clases de teatro. No estaba dispuesto a pasar una mañana de invierno jugando al Don Pirulero, y con tal de evitarme ese y todos los otros juegos pre-dictadura, me iba calzar el disfraz de animador.

Dos días antes del festejo en la plaza, a Enrique le subió la presión y lo tuvieron que internar. Nada grave, pero cuando salió al día siguiente se sentía débil y el festejo se suspendió. Hubo un almuerzo tranquilo.

 

El costado más llamativo de la vida lúdico-artística de mi abuelo se materializa en su contestador automático. Una vez por mes (y a veces más seguido) graba un mensaje nuevo. Mensajes con música, efectos sonoros y poesía. Entre sus grandes éxitos está el siguiente: Llamás. Te atiende el contestador. Suena Las Cuatro Estaciones de Vivaldi (Tercer movimiento del Concierto I). La voz de Enrique. Hola. Tu llamado me hace muy feliz. Realmente feliz. Ahora no estoy en casa pero pronto volveré. Si querés que nos pongamos en contacto, te invito a que me digas tu nombre, tu mensaje, tu número de teléfono, o casilla de correo electrónico, y fecha y hora de llamada. Te aseguro que te devolveré el llamado tan pronto como me sea posible. Fin voz de Enrique. Queda sonando Vivaldi durante los diez segundos más largos de tu vida. Fin del mensaje.

Como ese hubo cientos. Los cambia según las estaciones (Llegó el invierno. ¡Qué frío! Dejame tu mensaje. Enrique); según los feriados (“Seamos libres, que lo demás no importa nada”. Celebramos el pasaje a la inmortalidad del Libertador José de San Martín. Dejame tu mensaje. Enrique) y según los eventos familiares (Estoy muy feliz porque ha nacido Julia Esther, mi nieta número veintidós. Dejame tu mensaje. Enrique).

Durante la operación usó el contestador como órgano de difusión de su salud cardíaca. Antes de internarse el mensaje era: Estoy partiendo hacia el Hospital Italiano. Vuelvo a casa el sábado a la mañana. Hasta entonces.

Después de la operación siguió comunicando sus progresos y sus complicaciones por el contestador. Como él estaba internado, era Luisito, el amigo de mi viejo que le alquilaba un cuarto, el que se encargaba de grabar los mensajes redactados por Enrique. “Enrique está muy bien. Ya come sólidos”. “A Enrique le subió la presión pero está bajo control”. Y así.

 

-3-

En el verano de 1957 Enrique se fue de vacaciones a Uruguay. Fue con su primera esposa (Cynthia) y su primer hijo, Ricardito. Eligieron Atlántida, un balneario sobre la costa norte del Río de la Plata. En el agua casi no hay olas y por la calle apenas pasan autos. Con ellos fue la niñera.

Un día mientras Enrique y Cynthia dormían la siesta, un pibe de dieciséis años que iba manejando sin registro se subió a la vereda y atropelló a la niñera y a Ricardito. Ella salió ilesa. Ricardito de nueve meses murió en el acto.

 

Yo tenía quince o catorce años cuando escuché la historia de Ricardito por primera vez. Me la contó mi madre y me dijo que no sacara el tema porque Enrique no hablaba de eso.

Invité a mi abuelo a almorzar. Él propuso Tilde, un restaurant pequeño en México entre Defensa y Balcarce. Lo había elegido sin conocerlo, solo porque tenía veinte por ciento de descuento con el Club de Lectores de La Nación. Mi abuelo es muy bueno buscando descuentos. Yo quería que Enrique me hablara de Ricardito. Le pregunté si le molestaba hablar del tema. Me dijo que no.

“Fue la peor época de mi vida. Muy agitada. Un año después de la muerte de Ricardito nacieron tus tíos. Primero Gustavo y después Gerardo. Al tiempo me separé de Cynthia. Bueno, es un decir. Me dejó. Al verano siguiente se murió mi hermano Tito. Muerte súbita. Se desplomó en Santa Fe y Libertad. Yo estaba en Mar del Plata con mis padres y mis dos hijos cuando me enteré. Un tiempo más tarde, la verdad que no sé cuánto tiempo porque no recuerdo muy bien esa época, Cynthia murió de cáncer. Y su segundo esposo me empezó un juicio por la tenencia de mis dos hijos. Meses después, murió mi madre.

Entre mil novecientos cincuenta y siete y mil novecientos sesenta y uno murieron mi madre, mi hermano y mi hijo. Mi esposa me dejó. Después falleció. Y su nuevo esposo quiso quedarse con mis hijos. Por fortuna ese juicio lo gané. Estuve mucho tiempo deprimido, tirado en la cama. Y me mandé muchas macanas. Cuando estaba con Cynthia ya me mandaba macanas. Decía que era abogado y no lo era. Firmaba papeles, esas cosas. Cuando salió todo a la luz se armó un despiole fenomenal. Cynthia sí era abogada y casi le arruino la carrera. Yo había estudiado derecho y había leído los libros y había ido a las clases, pero no había rendido ningún examen. Después de esa época me avispé y empecé a hacer las cosas un poco mejor. Ahí me casé con tu abuela, que ya tenía tres hijos. Fue un matrimonio por conveniencia. Yo necesitaba una madre para mis hijos, y sus hijos necesitaban un padre. ¿Estábamos enamorados? No lo sé. Pero la vida se nos hacía más fácil juntos. Mal no nos fue. Todos nuestros hijos son profesionales y formaron lindas familias. Yo creo que dentro de todo hicimos un buen trabajo.”

 

-4-

Mi abuelo Enrique se está muriendo. Tiene 81 años, insuficiencia renal, triple by pass y ahora una réplica del cáncer por el que se quedó sin riñones. Hace diez días está internado. Ya no le hacen diálisis. Va a vivir unos días más.

El martes se confundió y tomó la pastilla para dormir a las diez de la mañana. Cuando se despertó, a las ocho de la noche, me dijo “yo me tomo dos pastillas. La de dormir y la de la felicidad. Me confundí. Pasé el día durmiendo. Ahora voy a pasar la noche de joda.” Cuando me fui me pidió que escribiera una historia sobre las dos pastillas. No lo hice.

Hoy fui a verlo. Hacía varios días que no se levantaba. Llevé flores y la computadora para pasarle música. Ya casi no registra donde está, y no llega a terminar ninguna frase. Le hice una lista con tangos, folklore y música clásica. Después de una hora de música, tuvo un arranque de energía. Quiero salir, me dijo. ¿A dónde, abuelo? Afuera, quiero ir afuera.

La busqué a mi tía Deborah. Ella le volvió a preguntar qué quería. Quiero salir.

Andá a buscar una silla de ruedas, dijo mi tía.

Entre mi tío Gerardo y yo lo bajamos de la cama y lo subimos a la silla. Le pusimos una bata. Lo sacamos del cuarto y fuimos a pasear por el hospital. La gente nos miraba. Dando vueltas encontramos un ventanal por el que entraba el sol. Nos quedamos ahí. Mis tíos, mi abuelo y yo. Abrió los ojos. Miró el sol. Sonrió. Mi tía se puso a llorar y yo con ella. Después de tomar sol un rato, mi abuelo nos miró y dijo: Es una noche preciosa. Nos reímos. Se puso a hablar. Muchas frases inconclusas, a veces balbuceos. Nos acercamos, pensando que nos quería pedir algo. “Papi, ¿qué querés?” preguntó mi tía.

“Narrar- dijo mi abuelo- Narrar las historias”

* * *

El martes pasado, después de ir a ver a mi abuelo, fui a dar mi última clase en el Laboratorio de Guion, el lugar donde me formé como narrador. Ahí pasé ocho años, entre los que fui alumno y profesor. Después fui al Árabe de Canning y Niceto Vega. Compré dos kepes y una porción de tabule. Con todo eso escondido en la mochila, volví al hospital.

En la habitación estaba Enrique y mi tía Vicenta. Ella fue la niñera de mi padre y mis tíos, cuando mi abuela Esther todavía no había enviudado ni conocido a Enrique.

Vicenta se refiere a mi abuela Esther como “La Ma”. Viviendo con ella, con mi abuelo Jorge primero y con Enrique después, Vicenta terminó la secundaria y estudió enfermería. Hoy es la jefa de enfermeras del Hospital Santojani. Mi abuela la consideraba una hija y yo le digo tía.

Me serví la comida. Le ofrecí a Vicenta. Dijo que no. Enrique, con ráfagas de lucidez, balbuceaba incoherencias.

-Hay cosas que no le perdono.

-¿Qué cosas, Vis?

-Cosas. No importa. Las cosas que le hacía a La Ma. Días llorando. Días. Por eso yo lo trato de usted. Cagada tras cagada, y después, dejaba una carta y desaparecía.

Dejé de preguntar. Ya conozco la historia. Dos veces Enrique se mandó cagadas con plata. Las dos veces desapareció. Una vez lo encontraron escondido en los pasillos de la Biblioteca Nacional. Llevaba un par de días viviendo ahí.

Las historias oscuras de Enrique son bastantes, pero todas se quedan en la generación de mis padres.

Por qué Enrique fue mejor abuelo que padre, no lo sé. Supongo que es más fácil. También supongo que cualquier cosa es más fácil que perder un hijo de un año en un accidente de tránsito, a tu hermano por muerte súbita, enviudar dos veces y criar siete hijos.

-Lo quiero, pero no lo perdono- decía Vicenta- ¿Está bien, Don Enrique?

Mi abuelo se movía inquieto en la cama. Vicenta se acercó, lo acomodó, le dio agua y le limpió un hilito de baba con una servilleta. Después le hizo un mimo en la mano.

-Voy al baño. ¿Te quedás, Juanchi?

Vicenta salió. Me acerqué. Hacía más de una semana que estaba internado. Hacía nueve días que no le hacen diálisis. Todos estábamos cansados. Cansados de no hacer nada y esperar la muerte.

¿Por qué no agarro una almohada y termino con esto? Si alguien tiene que mandar a mi abuelo al otro mundo, me parece justo que sea yo.

Lo pensé pero no pude. No soy esa persona. Le di un abrazo y un beso en la pelada.

-Ya está abuelo. Estuvo bien.

Le di otro abrazo. Sin esperar a que Vicenta volviera, me fui.

Llegué a la casa donde estaba mi novia. Todos estaban borrachos. En seguida tuve una copa de champagne en la mano. Antes de que pudiera terminarla, llamó mi viejo y me dijo que Enrique había muerto. Murió tres minutos después de que yo me fuera, antes de que Vincenta volviera del baño.

Una sonrisa me sacudió el gesto. Enorme, casi irreal. De punta a punta de la cara.

-¿Qué te pasa?- me preguntó mi novia.

-Se murió mi abuelo- respondí, y la sonrisa solo creció más. Y más todavía. Era imparable, ancha, gorda y honesta.

 

Lo velamos al día siguiente. A la mañana facturas y mate. A la tarde sanguchitos, jugo y masitas. Y mucha gente. Familia, amigos, papelnonos y papelnonas. La única que no estuvo fue Amalia, que había viajado al sur a visitar a su hijo Pablo.

 

Dos veces fue Amalia a ver a Enrique mientras convalecía. La segunda vez, cuando ella le fue a dar un beso despedida en el cachete, Enrique le corrió la cara para encajarle un pico. Y lo logró. A mi tía Amalia le dio un ataque de risa.

 

A las seis de la tarde salimos para Chacarita y ahí lo cremamos. Era lo que él quería. No lloré, ni en el velorio, ni el camino, ni en el cementerio.

Esa misma noche yo estaba invitado a leer en el ciclo “No lo intenten en sus casas” en el Centro Cultural Matienzo. Acompañado por mi amigo Lucas y mi novia Tashi, leí “Bailando entre las balas”. Cuando bajé del escenario, abrazado a ella, lloré hasta que no pude más.

 

Antes de morir, Enrique me contó que había escrito unos textos y quería que yo los leyera. Nunca me los mandó. Fui a buscarlos a su computadora algunos días después del velatorio. Decenas de textos inéditos. Los leí todos, sin esperar ninguna revelación, simplemente sintiendo la presencia de mi abuelo. Encontré los dos textos que, supuse, eran los que Enrique quería que yo leyera. Un poema sobre Amalia y un relato sobre su hijo Ricardito.

“Estábamos contentos con la elección de este paradisíaco lugar, alejado de las rutinas de otras vacaciones familiares, donde disfrutábamos tanto de las gracias de Ricardito, de la esperanza del nuevo hijo (aún sin nombre, ni sexo), de nuestros placeres juveniles, de la playa, el descanso, las comidas, la gente.

Gritos, llantos, ruidos incomprensibles alteraron ese cuadro.

Un automóvil, conducido por un muchacho de 16 años, enceguecido por el reflejo del sol poniente, había subido a la vereda y destrozado, ¡destrozado!, el cochecito con Ricardito, que murió en el acto.

Lo que sigue: traslado del cuerpo, trámites en cancillería, abuelos, otros trámites. Nos llevó esfuerzos inauditos, tristezas sin par, consultas con profesionales. Todo, todo eso, es mejor olvidar.

No tuvimos otra chance que ponernos a construir la llegada de Gustavo, que fue llenando con creces el vacío. Y de nuevo el sol iluminó nuestro camino hacia el tercer hijo, Gerardo. Pero esa es otra historia.”

 

El poema sobre Amalia se llama “A los ochenta años”.

 

A los 80 años, encontré a Amalia.
Muchas veces no la tomo de la mano,
Pero coincidimos en que el papel higiénico
se pone con la hoja hacia fuera.

Casi siempre ella está preocupada por qué calle vamos,
o que ómnibus tomaremos, mientras yo, que eso lo sé,
busco en mi interior como expresarle mi felicidad.
Y mientras mi fantasía va tomando forma,
El sonido maldito de la pregunta ¿a la derecha?

En muchas ocasiones tengo ganas de que termine la cena,
imaginen para qué.
Pero en otras no termino nunca de pelar la manzana,
y también imaginen por qué.

Sé que todo esto les ha pasado,
les pasa,
o les pasará
a cada uno de ustedes
Pero que me suceda a mí a los 80 años…

 

- 5 –

Nos dieron la caja con las cenizas de mi abuelo. Una caja de madera con una placa que decía “Enrique P. Averbuj 17-12-2014”. Decidimos llevarlas a Jujuy, a Lozano, donde vive mi tía con su esposo y dos hijas. Mi tía iba a viajar en avión, con las chicas, y yo en el auto, con su esposo, Nicolás, y los dos hijos de él de un matrimonio anterior.

Mi tía me pasó la caja para que yo la lleve en el auto. Al moverla, hacía un ruido extraño. Como si adentro no hubiera solo cenizas.

-¿Por qué hace ruido?- preguntó mi tía.

-Porque el fuego no consume los dientes- respondí y volví a agitar la caja para respaldar mi tesis. Nico, mi tío, acotó.

-Juancito, tu abuelo no tenía dientes.

 

Volví a agitar la caja. Volvió a hacer ruido.

 

Viajamos a Jujuy en auto, mi tío Nico, sus dos hijos, las cenizas de mi abuelo y yo. Fuimos a Tilcara, y no a Lozano, a la otra casa de mis tíos. Ahí pasé dos semanas escribiendo y jugando con mis primas. Después llegó Tashi, que se tomó una semana para visitarme. Recién fuimos a Lozano para el cumpleaños de mi sobrina Julia, que cumplía 4 años. Decidimos enterrar las cenizas de mi abuelo esa misma mañana. Mis tíos compraron un cerezo. Les gustaba porque va a ser un árbol petiso, ancho y testarudo, como mi abuelo. Ahora es apenas una rama larga con raíces y algunos brotes.

Hicimos el pozo. Abrimos la caja. Las cenizas de un ser humano no son un todo uniforme, ni en color, ni forma, ni en grosor. Son una mezcla de grises, negros y blancos. A veces parece harina, a veces tiene pedazos no disueltos. Lo que hacía ruido eran trozos de hueso que no se llegaron a quemar bien. Antes de mezclar la tierra con las cenizas, preguntamos si alguien quería decir algo. Nadie dijo nada.

 

-Julia- le dije a mi prima que cumplía cuatro años ese día- ¿Querés decir algo sobre tu abuelo?

-Sí. Que se murió.

 

Nos reímos. Después cada uno metió las manos en las cenizas y de a puñados la fuimos mezclando con tierra y bosta de caballo. Las cenizas humanas no son nutrientes para las plantas. Solo en la putrefacción enriquecemos el suelo. Por suerte la tierra de Lozano es fértil y la bosta abunda. De cada compost que mis tíos hacen para tirar basura orgánica crecen plantas, frutas y verduras. Todo crece sin la ayuda de nadie.

Tuve que usar detergente y una virulana para lavarme las manos. Es difícil despegar las cenizas de la piel. Cuando me fui a dormir todavía tenía restos bajo las uñas.

Hoy es domingo. Ya casi no queda evidencia del cumpleaños de Julia. Mi novia se fue a caminar por el Río Grande. Mis tíos duermen la siesta. Estoy sentado en el jardín, escribiendo. Cada tanto levanto la vista para ver que mis primas estén bien. Está el cerezo y está la acequia. Están los perros y el hacha con la que hacemos leña. Vuelvo a escribir. Levanto la vista. A la sombra imperceptible del cerezo, mis primas juegan.

 

-6-

De vuelta en Buenos Aires, reviso el texto. Se lo leo a mi novia, me hace unos comentarios y después de corregir, se lo mando a Federico. Siento una leve ansiedad por saber qué opina de esta versión. A la media hora me responde con un mensaje al celular.

–Lamento lo de Enrique. Me hubiera gustado no tener razón.

 

Un jueves, un año antes de que Enrique muriera, fui a comer a su casa. Fue uno de los últimos jueves en que jugamos al ajedrez. Después de la partida mi abuelo se preparó un té y nos quedamos hablando. Le pregunté cómo andaba.

 

-Muy mal por el tema de Jose

 

Jose era el exesposo de una de mis tías y el padre de dos de mis primas que viven en España. Hacía poco le habían encontrado un tumor en la espina dorsal y había quedado tetrapléjico. Tenía cuarenta y nueve años. Ese día en que fui a comer a lo de mi abuelo nos habíamos enterado de que de que Jose había pedido que lo desconectaran.

 

-Llevo varios días tratando de escribirle un mail a tus primas. Pero no encuentro el tono.

 

Enrique le dio un sorbo a su te.

-Tampoco sé qué decirles. Me pone muy triste todo esto. Un hombre joven, deportista. Me pone triste por él, por tu tía, por tus primas. Y por todos nosotros, ¿sabés? Nunca te preguntes por quién doblan las campanas. Están doblando por tí.

 

Mi tío Jose. Mi abuela Esther. Su hermano Marcos. Mi abuelo Jorge. Tito. Cynthia. Ricardito. Mi abuelo Enrique. ¿Cuántos cajones hay ver bajar para entender que las balas caen y caen siempre y caen para todos? Solo los necios no bailan.

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