Estoy hojeando una gran antología de poesía contemporánea, y daría la impresión de que “la voz que es grande dentro nuestro”[1] suena dentro nuestro mayormente en una voz de prosa, aunque en la tipografía[2] de la poesía. Lo cual no quiere decir que sea prosaica o que no tenga profundidad, lo cual no quiere decir que esté muerta o muriendo, o que no sea adorable o bella o no esté bien escrita o no sea sagaz y valiente. Es una bastante viva, muy bien escrita, adorable y vital prosa -prosa que se sostiene sin las constricciones de la puntuación, prosa cuya sintaxis es tan clara que puede ser escrita a lo largo de toda la página, en campos abiertos y formas abiertas, y aún así ser muy querida y clara prosa. Y en la tipografía de la poesía, el intelecto prosaico y el poético se disfrazan cada uno con las ropas del otro.

Atravesando nuestras construcciones de prosa en el siglo XXI, uno puede mirar atrás y sorprenderse ante esta época extraña que permitió a la poesía caminar al ritmo de la prosa y seguir siendo llamada poesía. La poesía moderna es prosa porque suena tan apagada como cualquier hombre o mujer de la ciudad cuya fuerza vital está sumergida en la vida urbana. La poesía moderna es prosa por que no tiene demasiado duende, espíritu nocturno de la tierra y la sangre, no tiene el alma de una canción oscura, ni músicka[3] apasionada. Como la escultura moderna, ama lo concreto. Como el arte minimalista, minimiza la emoción en favor de una ironía encubierta y una intensidad implícita. Como tal, es la poesía perfecta para el hombre tecnocrático. ¿Pero qué tan seguido se eleva esta poesía por sobre el cruel nivel del mar de su oscurecedora planicie? Una vez, Ezra Pound dejó en claro su opinión de que solo en tiempos de decadencia la poesía se separa a sí misma de la música. Y esta es la forma en que el mundo termina, no con una canción, sino con un sollozo.

Hace ochenta o noventa años, cuando todas las máquinas empezaron a zumbar, casi (como parecía) al unísono, el habla del hombre fue ciertamente afectada por el staccato absoluto de las máquinas. Y la poesía urbana ciertamente se hizo eco. Whitman fue un resabio, cantando la canción de sí mismo. Y Sandburg, un resabio, cantando sus sagas. Y Vachel Lindsay, un resabio, acompañando sus cantos con tambores. Y luego estuvo Wallace Stevens con su armoniosa “música ficticia”[4]. Y estuvo Langston Hughes. Y Allan Ginsberg, cantando sus mantras, cantando a Blake. Todavía hay otros por todos lados, poetas de jazz y rasgueadores poéticos y aulladores en las calles del mundo, haciendo poesía a partir del urgente e insurgente Ahora, del inmediato e instantáneo sí mismo, la encarnación, el sí mismo carnal (como lo llamó D.H. Lawrence[5]).

Pero mucha poesía fue atrapada en los lingotes calientes del linotipo y ahora en la letra tan fría impresa en la computadora. Ninguna canción entre los tipistas, ninguna canción en nuestra arquitectura concreta, en nuestra música concreta. Y tal vez los ruiseñores todavía canten cerca del Convento del Sagrado Corazón, pero difícilmente podremos escucharlos en las tierras baldías de la ciudad de T.S. Eliot, ni tampoco en sus Cuatro Cuartetos (que no pueden ser tocados en ningún instrumento y sin embargo son la prosa más bella de nuestro tiempo). Tampoco en los desechos de prosa de los Cantos de Ezra Pound, que no son canti porque nunca podrían ser cantados. Ni en la prosa pangolinea de Marianne Moore (que llamaba poesía a su escritura por no tener mejor modo de llamarla). Ni en el gran verso blanco de la prosa del Ensayo sobre la rima, de Karl Shapiro, ni en el habla de las afueras de la ciudad de William Carlos Williams, en el chato habla de su Paterson. Y aún así todos son aplaudidos por profesores de poesía y críticos en todos los mejores lugares, ninguno de los cuáles cometerá el pecado original de decir que la poesía de algún poeta es prosa en la tipografía de la poesía -así como los amigos del poeta nunca se lo dirán, así como el editor del poeta nunca se lo dirá-: la más tonta conspiración de silencio en la historia de las letras.

La mayoría de la poesía moderna es prosa poética pero dice mucho por su propio ejemplo sobre la muerte del espíritu que nuestra civilización tecnocrática nos está causando, enredados entre maquinas y macho-nacionalismos, mientras algunos todavía añoran un ruiseñor entre los pinos de Respighi. Es el canto del pájaro lo que nos hace felices.

[1]Probablemente se refiera a The voice that is great within us (1970), famosa antología de poesía contemporánea norteamericana editada por Hayden Carruth. El libro toma su título de un verso final del poema “Evening without angels” de Wallace Stevens: “except for our own houses, huddled low/beneath the arches and their spangled air/beneath the rhapsodies of fire and fire/where the voice that is in us makes a true response/where the voice that is great within us rises up/as we stand gazing at the rounded moon” (la ítalica es propia).

[2]Ferlinghetti usa tipografía para referirse a la forma gráfica de la poesía, al corte en versos y la disposición en la hoja, a todo aquello que, fuera del contenido, hace que se identifique a un poema como tal.

[3]El autor usa el término “musick”, forma antigua de referirse al arte musical. Puede entenderse este arcaísmo en referencia a esta “magia” perdida en la poesía contemporánea (el “duende”) y radicada en un pasado difuso y más directamente conectada con lo fantástico, lo no real cotidiano, lo no urbano.

[4]Expresión utilizada por Stevens en el poema “To the one of fictive music”. Según Walton Litz hace recordar al término musica ficta que utilizaban los teóricos musicales del medioevo para describir las alteraciones que no pertenecen a la tonalidad definida.

[5]D.H. Lawrence escribió en el prefacio a su cuarto colección de poemas: One great mystery of time is terra incognita to us: the instant…The quick of all time is the instant. The quick of all the universe, of all creation, is the incarnate, carnal self. Poetry gave us the clue: free verse: Whitman. Now we know.” (“Uno de los grandes misterios del tiempo es terra incognita para nosotros: el instante…El centro mismo de todo el tiempo es el instante. El centro mismo de todo el universo, de toda la creación es la encarnación, el sí mismo carnal. La poesía nos dio la pista: el verso libre: Whitman. Ahora lo sabemos”)

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