No sabía exactamente en lo que me estaba metiendo el día en que decidí escribir sobre la extraña poesía de los aborígenes australianos, pero sí que me estaba tirando a una pileta insondable en la que quería zambullirme para salir empapada. A veces el que escribe aprende junto con el que lee. Y el que guía es el que dice, el que canta: no las palabras que desempolva de su memoria como una lección de la primaria (ya que la lección es la lectura), sino las que al sonar crean de nuevo el mundo, como un dios que en el principio no era más que verbo, que el decir.

Mejor que este recorrido no empiece claramente, mejor que se sientan extraviados, como yo, ahora que quiero hablar de un mundo más grande que mí misma, que mi entendimiento. Estamos en el centro de un laberinto y tenemos que salir juntos; cuando salgamos, algo habremos aprendido. Estamos en el centro de Australia. Estamos en medio del desierto y necesitamos cobijarnos en alguna parte o nos vamos a enfermar de tanto sol. Estamos, nunca mejor dicho, al horno.

Se dice que nadie vio jamás a un aborigen australiano perdido en la naturaleza. Ellos no necesitan mapas como los nuestros, ni GPS, porque ya los tienen. La tecnología que utilizan es milenaria y se disfraza en forma de canción. Pero para comprender cómo funciona hay que remontarnos a la visión local del mundo. Hay más de 400 grupos aborígenes en Australia, distinguibles por sus diversas costumbres, lenguas y dialectos, y las diferentes criaturas o espíritus totémicos que los rigen. Pero su manera de comprender el universo es singularmente homogénea, sobre todo si la comparamos con las diversas culturas ágrafas (previas a la escritura) que alguna vez habitaron Europa.

La gran mayoría de los pueblos australianos coinciden en que hay un tiempo de la Creación que denominan el Soñar o Tiempo del Sueño (en lenguas de la región: Jukurrpa, Altyerr, Ngarrankarni, Manguny, Wongar, etc.).[1] Si los occidentales pensamos cualquier tiempo mítico como ubicado en un pasado inaccesible, previo a la cronología práctica, los aborígenes de Australia consideran el Soñar como un tiempo fuera del tiempo, un tiempo total (una siempredad, diría quizás Borges) que se desarrolla en una dimensión más íntegra que nuestro mundo. La realidad como la concebimos es apenas una materialización puntual de los acontecimientos que suceden en el Soñar, que trasciende toda existencia individual, criatural, así como nuestro tiempo de vida trasciende la existencia de las células del cuerpo. El Soñar es, fue y será, y nada de lo que allí sucede es modificable desde nuestra realidad, por lo cual detenta una autoridad suprema sobre nuestro pobre mundo maleable, un rasgo que algunos de nosotros podríamos pensar como demasiado tradicionalista o conservador.

Cada Soñar está relacionado con seres ancestrales que a veces son heroicos o poseen habilidades sobrenaturales, pero que no son equiparables a dioses, ya que las tribus no los adoran como tales. Existen, entre muchísimos otros, el Soñar del Canguro, el de la Abeja Melífera, el de las Siete Hermanas (las Pléyades), etc. En cada uno de estos seres están subsumidos, como las perlas de un mismo collar, todos los antepasados de una comunidad. Y cada historia de Creación, de cada Soñar, es la canción de alguno de estos seres espirituales (una suerte de héroes culturales, a lo Prometeo) que habitaban un mundo indefinido, sin forma alguna y que, durante su viaje, fueron creando los diversos rasgos geográficos del terreno: ríos, colinas, grutas, incluso flora y fauna, de tal modo que todo elemento del mundo natural es el resultado de las acciones de los seres arquetípicos. Los puntos de este viaje son lugares sagrados para las tribus que comparten un Soñar particular, aunque cada tribu puede contar varios.

Cómo surge cada uno de estos elementos está descripto en uno o varios versos de la canción de un Soñar. Por ejemplo, los Gagudju cuentan que el barranco de arenisca más visible del Parque Nacional Kakadu, al norte de Australia, fue creado cuando Ginga (el hombre-cocodrilo) se quemó de tal modo durante una ceremonia, que se arrojó al agua para salvarse y luego se convirtió en piedra, convirtiéndose en el barranco mismo. Otros seres se transforman en criaturas vegetales o animales, incluso humanos. Algunos se quedan en el lugar de su surgimiento espiritual, otros atraviesan grandes distancias. Así, el itinerario que cada espíritu ancestral realiza en su Creación del mundo queda materializado en forma de una línea de canción (songline, kujika, etc.) o senda del Soñar.[1] Las diversas songlines, o recorridos arquetípicos, de los variados Soñares se entrelazan en una red complejísima que une –¡creándolo!– el continente entero. Como no siempre coinciden, una misma roca puede clamar un origen distinto en dos Soñares.

Acá aterrizamos en la parte estrictamente poética del asunto. Estas historias ancestrales se transmiten oralmente, de generación en generación, mediante ciclos de canciones (algo así como un ciclo épico). Algunos se especializan en una parte específica de la canción (ergo, una parte de la senda), relacionada con un territorio particular. Los pueblos de zonas aledañas quizás conozcan las secciones posteriores de la canción –en su propio lenguaje–, que narran el recorrido del ser ancestral por esas otras regiones, o bien se rijan por un Soñar –y una senda, y una canción– diferente. Mediante estos ciclos de canciones, las nuevas generaciones van aprendiendo la historia cultural completa de su pueblo.

Las canciones no tienen un formato fijo. Dos versiones de una misma línea de canción pueden asumir características disímiles de pueblo a pueblo: si en una los versos son largos y narrativos, en otra pueden ser cortos y más simbólicos y abiertos a la interpretación.

La función social de este canto no difiere mucho de la de los textos sagrados de las grandes religiones: justificar las costumbres de una sociedad, dictaminar su vida cotidiana y hasta actuar como marco legal para resolver disputas. En el presente, a causa de los grandes cambios que resultan de la colonización anglosajona del continente, las líneas de canción se van actualizando, incorporando los acontecimientos históricos recientes y las modificaciones del territorio. Estos cambios suelen ser transmitidos a la comunidad por los espíritus ancestrales a través del sueño y las visiones.

Lo que importa de todo esto es que las personas nacen y mueren, las sociedades mutan, pero las historias y canciones quedan. La realidad ulterior del mundo es, de acuerdo con la imaginación de los aborígenes australianos, del orden del relato. En la más real de las realidades, es decir, en el Soñar, no hay abismo entre la palabra y la cosa. Se trata de una dimensión mágica que actúa en todo momento –y en una sola dirección– sobre el plano de las cosas materiales, encarnadas.

Es por eso que el habitante que conozca la línea de canción de su pueblo no puede perderse jamás ni quedarse sin fuentes de agua mientras siga las instrucciones de la manera exacta que dicta su cantar. En sus versos se lista cada piedra importante de donde las otras más pequeñas surgen, cada arroyuelo, cada especie endémica, cada arboleda. Estamos ante un verdadero mapa oral, pero, a diferencia de nuestros mapas, meras abstracciones trazadas a partir de un territorio, estas líneas de canción crean constantemente el territorio en el acto mismo de la enunciación. El que canta crea de nuevo la tierra que recorre, al modo del espíritu ancestral: más que encontrar su camino, lo hace.

Me quedo sin espacio, sin terreno, así que cito un fragmento divertido del kujika del Pedo Gigante: En Liwirndirndila el viejo Hombre Espíritu / muestra su ano / está caliente de fuego / El cuerpo del viejo / Hombre Espíritu es fuerte / Los ojos del viejo Hombre Espíritu están / muy abiertos y brillan intensos / Las estrellas fugaces se mueven / a través del país / viajan con el viejo Hombre Espíritu.

De repente salimos de este laberinto, de este relato, como un chispazo del cuerpo del Hombre Espíritu. Estamos afuera. Es otra canción la que nos cuenta.

 

[1]     El Soñar no se trata de los sueños del dormir ni de visiones, sino de ese plano eterno donde residen y actúan los seres espirituales. Algunos de estos seres se comunican con miembros de la tribu durante estados alterados de consciencia (como, ahora sí, el sueño, la alucinación, etc.), pero estos estados no constituyen el Soñar en sí. Acá opera una traducción (perdón, yo no la inventé) que aporta más confusión que claridad.

[2]     En este preciso momento de la redacción, hice una pausa para almorzar y, al volver a sentarme, exclamé: “¡La puta madre! ¿Cómo hago para comunicar una cosmovisión que no llego a comprender del todo?”. En el Soñar de la Polilla, el espíritu, que ha sido atrapado en una tormenta, intenta describirle a su compañero la belleza del relámpago.

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