Así que ya es usted poeta oral. ¡Felicitaciones! Es momento de emprender la fantástica aventura de encontrar gente a la que le importe. Sírvase copiosamente de estos humildes consejos para que su emanación lírica sea bien acogida.

El texto tiene ritmo, riqueza y gracia, está revisado, corregido y depurado, pero aún le falta algo: la escucha. Usted sabe que el acto poético se completa en el otro y arde en tirantes deseos de completitud, pero nadie lo convoca para leer y su gato ya medita el suicidio escuchándolo practicar a deshoras. La oportunidad lleva sus pasos hasta un micrófono abierto de poesía, y allí se dispone a foguear su material en la fragua del prójimo, pero ¿cómo capturar y mantener la resbaladiza atención?

Primero, registre a la audiencia. El micrófono abierto de un centro cultural de ultrasnoche no es el mismo que el de una varieté queer o un festival en una plaza, y la disposición de la gente no es la misma si se lee después de una banda de rock o en medio de una retahíla de poetas totalmente diferentes o casi indiscernibles. ¿Cómo ganarse al público? Escuche la voz de su instinto escénico, su rockstar interior, e ignórela de inmediato no sea payaso. Tome el micrófono metafórico o real y recite. Recite para los demás, no se guarde la voz. Recite más lento de lo que cree que es lento. Si no puede despegarse del papel, sosténgalo alto, no le hable al piso. No pida disculpas por estar, no comente cómo llegó ni cuándo o por qué escribió tal poema, no responda a lo que nadie preguntó. No lea más de ocho o diez minutos, evite empachar: si le gustó a varias personas, en otra ocasión irán a verlo a usted específicamente. Quizás, al bajar, alguien lo invite a leer en un ciclo o una fecha. Emociónese.

Su talento, su encanto o su brillo relativo le han ganado lugar las lecturas, selecciones de poetas y material -presuntamente- curado con algún -presunto- criterio o tema unificador. Su nombre brilla en la marquesina o en el flyer del evento al que asistirán amigos y parientes, y usted escribe y corrige con frenesí pánico, listo para comerse el mundo. Tome su renovada confianza y utilice el entusiasmo para seleccionar de antemano los textos que leerá, procurando una buena proporción entre poemas que funcionan y poemas que le gustaría que funcionasen. Desconfíe de la risa, amíguese con el silencio incómodo. Frecuente otras lecturas en lugares muy diferentes, escuche muchos poetas, “inspírese”, encuentre un estilo propio, produzca material nuevo y repita el proceso hasta la edición independiente o la muerte.

También puede no hacer nada de lo que sugiero, vea cuánto me nefrega. Pero cuando se descubra subsumido en una rutina estéril, ya sin ambiciones, intereses ni curiosidad, haciendo siempre las mismas cosas para las mismas personas que esperan para hacer lo mismo en la deriva anodina que alguna vez llamó arte; cuando muera en vida, mi buen poeta, no crea que no tuvo otra opción.

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