A QUIEN LE COMPITA

Recuerdo una entrevista de hace unos años a Carlos Salvador Bilardo, en la que el ex técnico de la selección exigía que los periodistas deportivos no criticaran ni abrieran discusiones sobre el fútbol argentino ya que esto podía generar una merma en el público que acude a los estadios.

Pues bien, nuestra poesía está un tanto Bilardista.

Y por esto no quiero significar que esté a la defensiva, sea poco vistosa y su mayor atributo sea la efectividad; lo digo en el sentido estricto de aquellas palabras del doctor que convertían cada discusión en un atentado contra el fútbol antes que en una posibilidad de construcción.

Durante los últimos años ha ido tomando cada vez mayor fuerza la idea de que plantear discusiones sobre forma y –Dios nos salve!- contenido en relación al circuito de poesía más ligado a la oralidad, resulta inconducente y no puede terminar de otra forma que no sea con agresiones varias. Este preconcepto, sumado a la lógica del libre albedrio (yo hago lo que quiero como quiero, vos hacé lo que quieras como quieras) ha dado la suma perfecta para alcanzar la previsible anulación de cualquier espacio crítico y reflexivo. La mayoría huye despavorida como de un evento en donde se acabaron las drogas y solo queda la poesía, y algunos prometen sus opiniones en privado o cara a cara, no sea cosa que salgan a la luz y sus cofrades los lapiden en alguna plaza por traición a la buena onda.

Afortunadamente aun existen espacios donde opinar con profundidad, sin necesidad de acotar el pensamiento a dicotomías del orden bueno-malo, lindo-feo. Una construcción constante y consciente es posible si abandonamos la idea de que discutir es destruir y atentar contra el crecimiento del circuito.

En fin, estas líneas originalmente iban a estar dedicadas a algunas reflexiones sobre el formato competitivo en los eventos de poesía, pero sepan entender… las personas lúdicas pueden ser insufriblemente serias cuando alguien se mete con sus juegos.

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