Año 2016, Ciudad de México. El próximo mes de abril tendremos 6 ciclos anuales de literatura expandida en el formato de cita mensual siempre abierta al público que quiera llegar y formar parte con su escucha, participación desde el público, desde el jurado o desde el micrófono. Me refiero al ciclo SLAMIN del colectivo POM (palabra, oralidad y mensaje), a los diferentes eslams/talleres del Colectivo Poesía y Trayecto A.C., a los dos ciclos de eslams que desde este año organiza Ewor en Casa del Lago de la UNAM y en un bar de la colonia Juárez y a los dos ciclos que organizo, uno en el Museo Universitario del Chopo (#LoqueseLEEconelOído) y el otro en el Centro de Cultura Digital de la Secretaría de Cultura Federal, que por cierto, el de abril, es ya mi eslam número 34 en dichas instalaciones desde el 2012.

Seis ciclos anuales de eslam en la capital más todos los eslams que se organizan con su propia regularidad en varios puntos del país, sin contar los talleres especializados en poesía en voz alta que también ya existen. Este panorama hace 10 años no existía.

El tamaño que tiene la red eslamera mexicana actual le debe todo a Facebook y a sus herramientas de creación de comunidad. En el 2009 abrí el primer grupo dedicado a este tipo de disciplina poética aglutinadora de otras disciplinas, el día de hoy son cientos los participantes activos en muy diversos grupos en varios puntos de América Latina. Pero es importante señalar que el primer puerto eslamero latino fue México en el 2003 cuando José Eugenio Sánchez “Chepe” utiliza el término y algunas de sus dinámicas para organizar la “Primera Copa Mundial de Poesía” en Monterrey, ya desde entonces la interdisciplina era condición intrínseca de estas palabritas: “poetry slam”.

Hoy por hoy estamos en un momento en que si los jóvenes quieren acercarse al verso, a la literatura o a experimentar con la palabra tienen múltiples herramientas para hacerlo. Quizá los libros y la escuela, directamente, no sean las maneras más socorridas, pero los capitalinos y los jóvenes oriundos de centros urbanos menores de 30 años están creciendo en un México híper-conectado y lleno de espacios de convivencia donde sus palabras son recibidas, nutridas y alentadas para seguir produciéndose y dialogando con ellos mismos e intergeneracionalmente. Las ferias del libro indirectamente producen estos espacios de reunión y esparcimiento alrededor de las letras (Feria Internacional del Libro de Palacio de Minería, Feria del libro de Oaxaca, FIL del Zócalo, ferias delegacionales, municipales universitarias y la misma FIL de Guadalajara, que se trata de la segunda más grande del mundo). Pero junto a los hacedores de ferias y a las mentes editoriales (en ocasiones de la mano) están los numerosos festivales que actualmente llenan el calendario de muy distintos foros alrededor y también fuera de la monstruosa y tremenda Ciudad de México, por mencionar sólo algunos: el festival VERBO, Los límites del Lenguaje, el encuentro Caracol, el festival internacional de Navachiste, el México City Poetry Festival, Adversario en el Cuadrilátero, Encuentro Alienígena, ENCLAVE y por supuesto destaca Poesía en voz Alta en Casa del Lago, creado por José Luis Paredes Pacho, el cual es referente para todos los festivales que nacen en tierras mexicanas; que no sólo cuenta con invitados internacionales que presentan charlas, talleres y sets de poesía expandida, sino que es el único que cuenta con un seguimiento de sus actividades durante todo el año, con un programa itinerante de concursos y recitales en bachilleratos y facultades de nuestra máxima casa de estudios, la Universidad Nacional Autónoma de México.

Ferias, festivales, redes de fanzineros, editoriales independientes, publicaciones digitales, foros alternativos, nuevas voces poéticas nacionales compartidas en You Tube (mencionemos sólo de paso el tráfico de cientos de miles de reproducciones en las batallas de rap), talleres de spoken word por todo el país auspiciados por el Consejo Nacional para la cultura y las Artes y también de manera independiente. Todos estos factores han generado que creadores como yo, desde hace casi diez años hasta la fecha, transversalicemos todos estos sabores de lírica y que vayamos sumando cada vez más al ahora muy rico espectro creativo que deambula en nuestras letras jóvenes en general y en las letras eslameras en particular. No puedo hablar por todos y cada uno de los organizadores eslameros ni capitalinos ni mucho menos mexicanos, pero puedo decir que desde hace casi una década en medios nacionales y extranjeros, impresos y digitales, siempre he dicho que el eslam es sinónimo de, por un lado: interdisciplina y por el otro: comunidad. Tengo la fortuna de haber cursado la licenciatura en Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras, conozco las bases duras, el tufo antiguo (y castrante) proveniente del sarcófago de todos nuestros próceres literarios, pero mi bandera siempre ha sido la de Margit Frenk: todas las letras, orales e impresas, se deben sentar a comer en la misma mesa. He trabajado con performanceros salvajes, los invito al eslam, con académicos, los invito al eslam, con investigadores escénicos, los invito al eslam, con músicos, los invito al eslam, con soneros, cineastas, raperos, niños, comediantes, poetas en lenguas originarias mexicanas, escritores extranjeros: todos invitados a la misma mesa. Una horizontal y abierta siempre al diálogo y al aprendizaje mutuo.

Por supuesto que éste es un barquito de guerra, una iniciativa que está desencadenando dispositivos de alfabetización indirecta en nuestro territorio, una iniciativa más acompañada por todos los otros barquitos que buscan/buscamos que nuestra memoria, lengua(s), pensamiento crítico siga polinizando las mentes y letras de todos aquellos que quieran ser partícipes de esta red. Claro, el eslam para mí es un posicionamiento político para con mi lengua, mi país y la educación dentro del mismo, claro que tiene toques de carnaval y fiesta popular, pero esta red que se va tejiendo va en serio, sabe o intuye, que el estar unidos por las palabras, o incluso, estar unido por aquello que enmascaran las palabras, nos mantiene vivos y con una razón de ser en este momento. El eslam es un barquito de guerra, acompañado de muchos más, las aguas son caudalosas y en ocasiones inmisericordes, este movimiento se está fortaleciendo, está lleno de jóvenes dándose cuenta que quieren escucharse a sí mismos y a los otros y ESO, en un país como el nuestro es revolucionario. Un país marcado históricamente por el racismo, la desigualdad, el machismo, al corrupción, la impunidad y la violencia, en esas aguas navega este barquito. Pero de la barbarie es posible que nazca la belleza. En el ultra machismo de las ligas de batallas de rap está el interés por saber de rimas, figuras retóricas y léxico, en el narco corrido yacen las ganas de cantar juntos en comunidad por hazañas que nos hagan justicia, en el albur y el doble sentido refulge el ingenio y la imaginación metafórica, en el desdén por los libros están las ganas por estar llenos de historias vivas, apasionantes, que retumben en nuestra alma que nos hagan gritar, llorar, reír, estaremos alejados de los libros, pero los mexicanos no podríamos existir sin consumir productos de ficción: videojuegos, comics, series, telenovelas, películas, canciones. Mi país está lleno de contadores y escuchadores de historias en potencia, eso lo compruebo mes a mes en mis eslams y en mis micrófonos abiertos, la palabra, la comunidad, el sólo hecho de estar juntos nos da una razón de levantarnos todas las mañanas.

Este barquito eslamero mexicano de casi una década en el fondo esconde la alegría de estar justo hoy ahora aquí navegando y construyendo, a pesar y a partir de todo: el nosotros.

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