(el origen mixto de la poesía épica griega)

¡Canta, oh musa, los trabajos del antiguo poeta que no contaba más que con su lira para decir sus versos!

Imposible hablar de los comienzos de la poesía sin empezar, justamente, por algunos vacíos. Lo poco que sabemos de la disciplina antes de la escritura es, en gran parte, un teléfono descompuesto: dijo mi maestro que se enteró por un extranjero que su abuelo escuchó… y de repente esa anécdota se cuenta una y otra vez, se cristaliza, va incorporando variantes generación tras generación hasta que un buen día alguien –un privilegiado– se dedica a escribirla. O a tallarla.

La amplia mayoría de estos poetas eran analfabetos. Es más, muchos de estos poetas vivieron en épocas anteriores al alfabeto. La poesía nace en un contexto de pura oralidad, no por afectación o mera ignorancia, sino por una simple y llana carencia: la de la escritura. Intentar recrear estas condiciones es un mero anacronismo, como también lo es el hecho de que me imagine muy vívidamente a los antiguos abalanzándose frenéticos sobre nuestras pilas de cuadernos rayados y biromes de colores, copando las vacantes de la educación pública, maravillándose ante la magia absoluta de la tablet que genera palabras apretando botones e, incluso, ante la novedad absurda de nuestro alfabeto.

Alrededor del siglo VIII a. C. los griegos comenzaron a adaptar el alfabeto fenicio a su propia lengua, y así nacieron varios sistemas de escritura que convivieron hasta que, aproximadamente cuatrocientos años después, los atenienses se pusieron de acuerdo en escribir con los simbolitos que usaban en Jonia (hoy parte de Turquía) y así se fue extendiendo por la Antigua Grecia. En esta misma época ya andaba Platón haciendo de las suyas.

¿Y la poesía? Para ese entonces las ciudades griegas ya podían hacer ostentación de una larguísima tradición de poetas. Si bien nadie sabe a ciencia cierta cuándo vivió el más famoso de todos, el viejo y querido Homero, las fechas propuestas son todavía anteriores a que la muchachada del Egeo le copiara a los fenicios su modernísimo código alfabético.

En esta primera etapa no había otra cosa que poesía oral. Al margen de algunos himnos, la tradición era principalmente épica y los poetas se dedicaban a narrar las andanzas de los héroes y guerreros que, en el fondo, era representantes de las cualidades y triunfos de todo un pueblo. Pero no todos los poetas hacían lo mismo. En ese tiempo estaban los aedos y relativamente pronto aparecieron los rapsodas.

Aedos y rapsodas

¿Se puede establecer una división tajante entre aedos y rapsodas? Todo apunta a que no. Un buen número de poetas son considerados ambas cosas, y su actividad no era, en el fondo, realmente tan distinta, sino que se superpone. Por ejemplo, algunos opinan que Homero era un aedo, otros que era rapsoda, otros –los menos– que no fue más que una sociedad anónima de poetas orales.

La discusión parte de que, por regla general, el aedo era un poeta ambulante que cantaba (aoidos significa ‘cantante’) sus versos acompañado de algún instrumento de cuerdas, como la fórminge o la lira. Toda poesía era canción. Cada vez que el aedo interpretaba el poema, lo creaba de nuevo. No era necesaria una fidelidad exacta, palabra por palabra; le bastaba con saberse bien la historia y con algunas estrategias que lo ayudaban a no trabarse en sus improvisaciones. Estos trucos aparecieron una y otra vez en la poesía oral de todas las épocas: epítetos y fórmulas fijas (como decir “Aquiles, el de los pies ligeros”), repeticiones, patrones métricos y rítmicos (en la épica clásica fue furor el hexámetro dactílico) y escenas convencionales que se repiten de manera casi idéntica, como las descripciones del mar o los momentos en que los guerreros se arman para el combate.

Los aedos solían introducir innovaciones propias o ‘prestadas’ de sus colegas, aunque la idea de plagio no existía entonces, ya que se cantaba mayormente sobre los mismos temas, que eran patrimonio de todos. El énfasis en la creación individual u originalidad es muchísimo más moderno y, de hecho, apartarse de la materia tradicional no estaba muy bien visto.

Algunas historias se volvieron tan populares como single de los Beatles: cosechaban un éxito enorme entre los diversos públicos, y el aedo, como todos, necesitaba comer, dormir y divertirse, así que acudía a la comodidad del hitazo. Tanto artilugio mnemotécnico terminó produciendo sus propias transformaciones. El hexámetro heroico se volvió la norma, aparecieron cada vez más fórmulas y finalmente, las grandes improvisaciones dieron lugar a repeticiones mucho más precisas del mismo poema, un poco como el rapero freestyler que empieza a grabar canciones.

Así surgieron los rapsodas, que recitaban sin cantar, con la ayuda de un bastón (rabdos) que golpeaban contra el suelo para marcar el ritmo. Como la modificación de la historia estaba fuera de lugar, perfeccionaron sobre todo las técnicas memorísticas y la concatenación de los diversos episodios de la narración. Algunos se volvieron una especie de compiladores de distintas interpretaciones de una misma historia que, a fuerza de repetición y, finalmente, de pasar una versión ya refinada a lengua escrita, terminaron legándonos las epopeyas que conocemos hoy. Ya en una época más moderna, muchos de estos rapsodas empezaban consignando su texto fuente por escrito, lo estudiaban y recién ahí se dedicaban a la transmisión oral.

En esa época, y quizás en todas, el poeta echó mano de cuanta tecnología y truquito hubiera dando vueltas para hacerse el trabajo más simple. Lejos de nuestra imagen romantizada del bohemio decadente o el purista snob, aedos y rapsodas fueron buscavidas que también necesitaban ganarse el pan. Cuanto más fácil y eficaz fuera su tarea, como la de cualquier laburante, mejor.

La voz sagrada

El desarrollo de las técnicas artísticas y escriturarias le permitió al poeta ir ganando control sobre sus cantos y ensayar narraciones más extensas y complejas. Pero tampoco lo consideraba una labor mecánica. Todo lo contrario: mientras el aedo hace su gracia, una parte suya permanece fuera de su alcance. Por eso, y no solamente como fórmula genérica, es que invoca a las Musas antes de meterse de lleno en el asunto. El poeta se piensa como un canal a través del cual otras entidades, como estas deidades de las artes y su líder, el dios oracular Apolo, pueden manifestarse. Quizás sean restos de una antigua cultura animista. A veces estas manifestaciones son voces que vienen de otros tiempos. O una visión de la realidad oculta y verdadera que solo los dioses son capaces de percibir (quizás por eso el cliché del poeta o el adivino ciego que no se distrae con las apariencias; pienso en Homero, pienso en Tiresias). Al transportarlas a este mundo, el aedo las re-crea. Cuando canta, la comunidad entera está frente a su pasado, como en un recuerdo colectivo. No es gratuito que las Musas sean hijas de Mnemósine, la Memoria.

Así el aedo se vuelve un poeta-profeta, y es en el aquí y ahora del canto en que sus dones para la revelación pueden activarse. Ya el trabajo del rapsoda cierra esta posibilidad: la creación es un hecho terminado. La perfección habita en ese origen misterioso y generalmente inaccesible que ha de recitarse con la mayor fidelidad; si esto no sucede, el poema degenera.

Más de dos milenios más tarde, son los románticos los que van a rescatar esta idea de inspiración superior, pero con menos túnicas olímpicas y más jabots almidonados. Algunos la llamarían Genio Poético (como William Blake), otros simplemente imaginación. Y ahí no termina todo: esa parte inaccesible que se abre paso a través de la mente lúcida y consciente ha sido objeto de estudio y piedra basal del psicoanálisis desde sus inicios. Pero ya los antiguos poetas griegos intuían que hay algo en nosotros que sabe más –o sabe otras cosas– que nosotros mismos o, al menos, que nuestro costado racional. Algo que nos conecta con el pasado primigenio –pensemos en la noción de inconsciente colectivo– o incluso con una realidad cósmica, inaccesible al humano corriente. Como los héroes del mito, la poesía épica griega imagina un linaje híbrido entre lo divino y lo humano. Y ahí, en ese punto en que la técnica y los trucos del oficio no bastan, en ese abrir puertas o canales, en ese intento de decir lo inefable y mostrar lo invisible, está el don particular del aedo.

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