Llego a la cárcel de Devoto. Entrego mi celular, la laptop, el cargador, las llaves, vacío mis bolsillos, paso por el detector de metales. Es la segunda vez que vengo acá. Ya conozco el procedimiento.  Busco mi documento. No lo encuentro. Se lo cuento al oficial del Servicio Penitenciario. Me dice que no puedo pasar. Le explico que vengo a dar una charla al taller literario del CENS 17, el colegio secundario que funciona adentro de la cárcel. Se pone firme. No puedo pasar. Aparece Gisela, la profesora que me invitó a dar la charla. Le explico que me olvidé el DNI. Me dice que soy un boludo. Le doy la razón. Le digo que me voy a tomar un taxi hasta San Telmo, que voy a buscar mi DNI y vuelvo.

-¿Cuánto te va a llevar?
-Cuarenta minutos. Una hora como máximo.

Salgo de la cárcel y me tomo un taxi. Le indico. Tengo que hacer Devoto-San Telmo-San Telmo-Devoto en menos de una hora.

-No hay problema. Con este Bebé- dice el taxista y lo pisa y el motor ruge tristemente-, con este Bebé, hago magia.

Arranca. El Taxista Mágico y yo nos ponemos a hablar. Le cuento. Soy escritor y necesito mi DNI  para entrar la cárcel a dar la charla. Los presos me están esperando. No los puedo dejar de clavo.

-Bueno, tampoco son tus mejores amigos.

Le digo que tengo un vínculo con los pibes del taller literario. Que ya estuve una vez en el penal.

-¿En serio estuviste adentro? ¿Y cómo es?

-La verdad, pensé que era peor. La vez pasada fui a dar una charla con Marcela Guerty.

-¿La de la tele?

-Sí. Actúa en “Señores Papis”. También es guionista. Fuimos a dar una charla sobre una película que escribió ella, “Elsa y Fred” y una crónica que escribí yo, “Bailando entre las balas”. Las dos historias son sobre el amor a los ochenta años.  Los pibes del taller habían hecho un laburo de análisis y comparación.  Cuando entramos a la cárcel una de las minas del Servicio Penitenciario se puso a gritar la de la tele, la de la tele y daba saltitos de emoción y el chumbo se le sacudía al compás. Pasamos por el detector de metales, abrimos las mochilas. Marcela firmó autógrafos, se sacó fotos. Uno, dos, tres controles, varios portones, muchos del Servicio, presos que iban esposados de un lado para el otro. Llegamos al CENS. Es como cualquier escuela pública, pero adentro de la cárcel. En la sala de profesores nos recibió Gisela Honorio, la coordinadora del taller literario.

-¡Qué flash, chabón!- dice el Taxista Mágico y tira un volantazo. Cuando dobla, El Bebé se inclina de un lado al otro. Si pudiera ir un poco más rápido, volcaríamos. El Bebé deja tres autos atrás. Es un Fiat Tempra Clio cagado a palos. Es el auto más viejo de la cuadra, y el más orgulloso. El Taxista Mágico gira todo su cuerpo para hablarme.

-Es un colegio? Es como una excursión escolar, pero al revés. Lo que van a ver, entra.

-Sí. Cuando llegamos nos avisaron que teníamos que esperar porque los chicos estaban preparando el lugar.  Esperamos, diez, quince, cuarenta minutos y nos tomamos dos termos de mate. Al rato apareció Gisela y dijo que los pibes estaban muy ansiosos y nerviosos por nuestra visita. Que habían estado toda la semana hablando de nosotros. Todos los alumnos son convictos del penal. Los de Servicio Penitenciario también tienen sus clases, pero por separado. Entramos. El aula estaba decorada con guirnaldas y afiches. En el pizarrón había un mensaje de bienvenida escrito con tizas de colores. Saludamos a los chicos con un besito cada uno. Buena onda. Nos presentamos. Después hubo una ronda de preguntas. A Marcela sobre la película y a mí sobre la crónica. Después los chicos nos leyeron sus textos. Salvo por algunos que contaban sus historias personales, la mayoría de los textos eran muy luminosos. Alegres. Un canto a la vida. Les di una devolución. Después me pidieron que les lea algo yo.

-¿Quieren que les lea un poema?-dije
-Uh, no será medio embole, ¿no?- tiró uno de los pibes. Todos se rieron.
-Les voy a leer uno que se llama “Mojada”.

Risas incómodas.  Los pibes no entendían muy bien de que iba la cosa. Arranqué.

-“Mojada, la concha de su novia mojada”

-¡Esa!-gritó uno.

-“Mojada como no lo está nunca / mojada que moja todo / mojada que le chorrea hasta el culo”

-Guarra la guacha…

Los pibes se rieron.

-Más respeto que es un poema sobre la vagina de su señora.

Más risas. Seguí.

-“Mojada que rebalsa / Mojada que halaga / Mojada que no importa como la meta, emboca.”

-¿Se mojó o se meó?

-Callate, gil.

-A mí una vez me la mearon.

-Dejalo hablar al pibe.

-“Mojada que da pudor / Mojada que no es flujo, es jugo, es almíbar, es fiesta”

-Ahí ya está chamuyando.

-¿Qué sabés vos?

-Mirá si a la señora se le va a mojar con gusto a sandía.

-“Y si pudiera le hundiría una cuchara sopera / y se la tragaría entera / Mojada”

Fin del poema. Aplausos. Chiflidos. Pataleos.

El taxi avanza por avenida San Juan. Estamos llegando a San Telmo. El Taxista Mágico está flasheando con la historia. El taxímetro marca 120 pesos.

-Qué loco… ¿Sos poeta?

-Más o menos. Tengo algunos poemas. No es lo que más hago. Hace poco salió mi primera novela.

Saco un ejemplar y se lo muestro.

-El sábado se presenta en La Oreja Negra, un bar de Palermo. Es mi cumpleaños también. Venite.

Le doy un volante de la presentación/fiesta. No tengo ningún tipo de pudor en hacer autobombo. Ni en promocionarme a mí y a lo que escribo. No basta con escribir. Hay que salir a venderse y a defender la obra. Nadie te va a descubrir. Nadie te va a promocionar. Nadie te va a pagar por hacer lo que querés hacer. A menos que te lo ganes. El Taxista Mágico agarra la invitación.

-Te juro que voy a ir y voy a comprar tu novela. ¿Cómo siguió la historia en el penal?

-Terminé con el poema y los pibes estaban en llamas. No podían entender que les leyera de conchas. Gisela se reía. El primero que habló dijo:

-Ah, re pajero el escritor.

-Eh, si se puede escribir de conchitas, yo soy alto poeta- aclaró otro.

Nos reímos.

-Así re zafa la poesía.

-Re cheto, loco.

-Es como el freestyle

Uno de los presos se puso a rapear a partir de la palabra mojada.

-¡Rapeatela toda, papá!- le festejó un compañero. El del freestyle tomó confianza. Su rapeada freestyle era un éxito. Terminó. Aplausos.

Otro de los pibes se paró y dijo: -Yo también tengo un poema.

Se puso a leer. Era un poema sobre estar encerrado y las ganas de salir. Lo leyó con la garganta a punto de partirse al medio. Con todo el cuerpo. Revoleaba las manos para cualquier lado. Gritaba. Escupía. En toda el aula podías sentir su aliento. Fue hermoso.

-Gracias, loco. Cuando leo este poema siento que soy libre por un rato.

-Fijate- le dije yo- que todos los versos de tu poema tienen seis sílabas y terminan acentuados en la última. Como si golpearan.

El tipo volvió a leer un par de versos. Contó la sílabas. Con la última de cada verso,  aplaudía.

-¡Tenés razón!  Como que tiene ritmito, ¿no?

-A ver, amigo- dijo el del freestyle mientras sacaba una guitarra-  leelo de vuelta.

El del poema se puso a leer y el del freestyle hizo una base rítmica con la guitarra.  Se transformó en hip hop. Llegaron al final y le dieron una segunda vuelta, misma letra, pero más coordinados. Aplausos. Los aplausos más fuertes de toda la mañana.

El Taxista Mágico estaciona El Bebé frente a mi departamento en San Telmo. El taxímetro ya marca 150 pesos. Subo, agarro el DNI, bajo. El Bebé sigue en marcha y pide pista. Arranca por México, levanta 60 antes de llegar a Bolívar y dobla coleando.

-¿Y no te daban miedo los presos? Mirá si uno se volvía loco y te clavaba un facazo o te pegaba una piña.

-Parecían buena onda. Después de un rato te olvidabas de que eran presos.

-¿Y sabés por qué están ahí?

-Creo que era el pabellón de los condenados por homicidio. Pero no estoy seguro, no pregunté.

-A vos te chifla el moño. Seguí con la historia.

-Después de los poemas nos sentamos en círculo e hicimos una puesta en común de la mañana que pasamos juntos. Todo el mundo estaba muy emocionado. Los chicos hicieron regalos: la revista del taller, cartulinas con poemas, frases y reflexiones. Nos hubiéramos sacado una foto, pero los del servicio no te dejan entrar con cámaras. También le hubiera sacado una foto al aula. El pizarrón estaba pintado con tizas de colores y tenía un mensaje de bienvenida para Marcela y para mí. Había adornos, afiches, fotos. Gisela por lo bajo había comentado que los pibes habían estado toda la mañana preparando el aula para nosotros y que estaban muy nerviosos por la visita.

Seguimos charlando un poco más, cada uno diciendo lo que le pasó durante la mañana. El último comentario lo hizo el del poema.

-Gracias por haber venido. Nos trajeron un rato el mundo de afuera. Nos hicieron olvidar de que estamos acá encerrados. Estar con ustedes es como escribir, que a nosotros nos sirve para pasear sin escaparnos, para acordarnos de cómo era estar en la calle, para disfrutar un poco de la libertad. Es lindo escribir, pero lo más lindo es leer en voz alta, compartir, que todos te escuchen y escuchar a los demás, ver como los otros aplauden, o se emocionan o se ríen y la flasheás porque ves que al otro le pasa lo mismo que a vos, aunque lo ves y pensás es re careta o  es un gil, después la flashea con tu poema y pensás por ahí este tipo no es tan distinto. Y por ahí te hacés amigo, o por ahí no, pero seguro que al final, por un rato, todo es más lindo.

Aplaudimos. Después le dije que estaba buenísimo escribir sobre lo que nos pasa. A veces uno piensa que es una pavada, que a quién le importa lo que yo siento. Le dije que no hay que darle bola a eso. Lo que nos pasa es lo que nos pasa. No importa cómo se ve de afuera.

Gisela miró su reloj y dijo que era hora de volver a los pabellones. Los pibes chiflaron. Se quejaron. Putearon al Servicio. Después levantaron sus cosas y se fueron.

-Qué garrón, ¿no?- dice el Taxista Mágico. El Bebé anda a velocidad crucero por Avenida Independencia rumbo a Devoto. -Porque después vos salís y ves el mundo. Pero ellos, adentro.

-Sí. Después de cinco horas en la cárcel, el mundo exterior te parece inmenso.

-Imaginate lo que debe ser estar adentro 20 años.

-Marcela y yo volvimos para Palermo en su auto y no podíamos parar de hablar de lo que habíamos visto.

-Qué loco…  ¿y hoy qué vas a hacer?

-Lo mismo.  Escuchar sus textos, leerles algo mío y dejarles un ejemplar de mi novela.

El Bebé corta Villa Devoto al medio y llegamos al penal. 310 pesos de taxi. Lo hicimos en una hora y diez minutos. Es el transporte urbano más caro de mi vida. Pago. Bajo. El Taxista Mágico también se baja y me despide con un abrazo.

-Te veo el sábado- dice- En tu presentación.

Entro al penal. Muestro mi DNI. Me dejan pasar. Llego al CENS 17. Una hora y media más tarde de lo pactado. El aula está casi vacía. Gisela me explica.

-Vinieron los del servicio y se llevaron a la mitad de los chicos para una requisa sorpresa.

-¿Van a volver?

-No, no van a volver.

Casi no quedan alumnos. Son solo tres. Uno estuvo en mi visita anterior.

-Yo me acordé de lo que dijiste la otra vez, que hay que escribir sobre lo que nos pasa, y escribí este poema.

-Muy bien- le digo- ¿lo querés leer?

Se para y lee.

-Es un día raro hoy
llueve y no salió el sol
estoy triste en el Penal
nos dejó de garpe Juan Sklar

Vino el Servicio y se llevó
de nosotros lo mejor
a mis amigos ni los vi
te olvidaste el DNI

No vamos a llorar
que no viene Juan Sklar
ni la cagada de esperar
que te larguen
o te quieran visitar

Un día extraño en el penal
nos quisieron requisar
los pibes acá esperado
que aparezca Juan Sklar

Todos nos reímos y aplaudimos. A mí me da retorcijón de culpa.

-Perdón, muchachos. Me dejé el DNI. Soy un goma. Pero nos preocupen. Voy a volver. Tengo una causa penal.

Todos se ríen.

-Posta. Por alcoholemia y manejar sin registro.

-Alto gilazo.

-Es que mi novia me pidió que maneje porque ella estaba en pedo y-

-¿La mojada?

Nos reímos.

-Sí. La mojada. Ella estaba borracha, más borracha que yo, y me pidió que maneje y nos agarró el control. Me dio altísimo, me abrieron una causa y voy a conmutar la pena viniendo al CENS.

Festejan. Por un momento olvido la culpa de haber llegado tardísimo.

-¿Quieren que les lea un pedazo de mi novela?

Aceptan. Saco un ejemplar y leo un pasaje.  Un ano pequeño, tenso, por el que al principio no entra más que un meñique, aún ayudado con lubricante, saliva o el flujo que desborda desde la concha. Uno de los pibes explota.

-¡Ah, no! ¡Esto es un asco!

Es nuevo. Nunca lo vi antes. Entre Gisela y los demás pibes lo calman. Sigo. Un ano que hay que besar y lamer y apenas invadir con dos falanges del dedo más chico antes de poder penetrar con el dedo más grande.

-¡Degenerado! ¡Eso es pornografía!

-Callate, Carlitos.

Sigo leyendo. Un ano precioso, cuidado, que necesita amor para dilatarse. Un ano en el que si dejás el dedo quieto, podés sentir como late el corazón.

-¡Tenés la mente podrida! ¡Podrida! ¡Podrida! ¡Podrida!

Gisela le vuelve a pedir que se calme, ahora más firme.

Termino el pasaje. Un ano difícil de conquistar, pero que una vez abierto necesita recibir una pija para regalar orgasmos, como si el clítoris estuviera escondido ahí dentro.

-No, no, si esto es un escritor, yo soy una buena persona. Me voy.

El tipo se levanta y se va. Sin él, quedamos 6 personas en el aula. Tres profesores, dos presos (el que leyó el poema de la decepción y uno más que no habla) y yo.

Se hace la hora de volver al pabellón. La actividad termia sin puesta en común, sin abrazos ni regalos.

-No te frustres. Es difícil trabajar acá- me dice Gisela saliendo del penal- El Servicio hace requisas sin avisar, traslados sin criterio. A veces no dejan que los chicos bajen.  A vos te podrían haber dejado pasar, pero se ponen en forros. La otra vez salió todo hermoso. No siempre es así.

Me tomo el colectivo de vuelta a San Telmo. Todavía me siento mal por haber llegado tarde. Me alivia saber que voy a cumplir la probation en el CENS.

El lunes siguiente voy al juzgado. El pibe de la defensoría me cuenta que cambió la legislación. El dosaje de alcoholemia que me dio por los tres whiskachos entra en un nuevo plan de conmutación automática. Puedo elegir 40 horas de servicio comunitario o pagar 1.200 pesos. Llamo a mi novia.

-Yo te pago la mitad- me dice- Yo sé que tenés ganas de ir al penal y hacerte amigo de los presos y después escribir tus aventuras intramuros. Pero son 40 horas. Pensalo.

Lo pienso. 600 pesos o 13 viajes al penal, para estar tres horas, más una hora de ida y otra de vuelta. No soy tan bueno. Prefiero ir al penal dos veces por año y pasar esas 13 mañanas con mi novia, garchando sin forro, jugando a la ruleta rusa de la fertilidad. Pago la multa. Me cierran la causa. Yo sé que los pibes me van a entender.

Coda final: ese sábado presenté mi novela en la Oreja Negra. Tocó Eric Mandarina, Te Amo y Barbacoaj. Hizo un monólogo Mana Bugallo. Leyeron conmigo Luis Mey y Gonzalo Garcés. La troupe de FE tiró el tarot. Punto Letra hizo dos tortas espectaculares. Mis viejos trajeron 3 litros de whisky. Vinieron 400 personas. Agotamos la primera tirada de ejemplares. La Oreja Negra se quedó sin birra. Me fui a dormir a las 8 de la mañana. En el medio de la noche apareció Adriana Astutti, mi editora, y me dijo alguien vino a verte. Era el Taxista Mágico. Nos dimos un abrazo. Me mostró el ejemplar de la novela que se acaba de comprar. Me pidió que se lo dedique. “Para el Taxista Mágico, que conduce con el corazón abierto y los ojos cerrados”. Se lo entregué y nos dimos otro abrazo. Disculpá que no me quede, dijo, pero tengo al Bebé estacionado en doble fila. Ah, pero pará. Antes de irme, contame, ¿cómo te fue con los presos?

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