“¿Acaso han dejado los poetas algo por glosar?”

Antarah ibn Shaddad

Mucho antes de que en Europa aparecieran los trovadores cantando a sus amadas, mucho antes de los grandes poemas heroicos franceses, españoles y británicos con los que nos taladraron la cabeza en colegios secundarios y universidades como si hubieran sido el último grito de la modernidad del Medioevo, una floreciente literatura de caballería, placeres etílicos y mujeres hermosas desplegaba sus colores en los diversos rincones de la Península Arábiga.

La primera mitad del siglo VI d.C. es la época dorada de la poesía árabe preislámica, una lírica oral urdida por poetas de renombre que, en su mayoría, fueron también guerreros, príncipes, esclavos, bandidos y, en ocasiones, varias de estas cosas a la vez. Esta época anterior al surgimiento del Islam, en el siglo VII, fue denominada despectivamente Jahiliyyah o ‘edad de la ignorancia’, dado que los pueblos árabes no habían recibido aún la sabiduría de Alá, es decir, el Corán, libro sagrado y piedra fundamental de la literatura arábiga, cuya influencia llega, acaso amplificada, hasta nuestros días. Pero el propio Mahoma había escuchado ya los versos de los grandes poetas, que de ignorantes tenían poco y nada, y hasta en la Meca se exhibían las obras más importantes o más bellas de estos tiempos.

Entonces todo sucedía en la feria de ‘Ukaz, un pueblo mercantil situado en el camino a la Meca, donde las tantas tribus de la península se daban cita para comerciar, intercambiar información y pactar alianzas, pero también para asistir a una de las actividades centrales del encuentro: la recitación de poesía, muchas veces en forma de torneos donde los participantes competían por la atención y la admiración de la audiencia. Muchos de estos poetas eran representantes de su tribu, los encargados de contar su historia y sus hazañas; otros no dudaban en incurrir en la autoalabanza o la descripción detallada de una vida alegre, rayana en el hedonismo. Se dice que el ganador de estos concursos tenía el honor de contemplar cómo inscribían su poema con letras de oro sobre pieles de animales y lo colgaban, bien alto, dentro o alrededor de la Kaaba, y que por esta razón dichos poemas recibieron el nombre de Mu’allaqat, ‘los colgados’.

¿Quién se ha llevado a mi chica?

La forma típica del poema preislámico es la qasida, una especie de oda de más de cincuenta versos –algunas pocas alcanzan los cien– monorrimos. La rima es consonante y la métrica, cuantitativa, igual que en la poesía clásica grecolatina. Todos los versos tienen el mismo ritmo, todos los versos se dividen en hemistiquios idénticos siguiendo una estructura rígida, que todos conocían. Acaso el decir le diera otros matices. Tenemos que imaginar que un poema de estas características sumerge a quien escucha en un sonido encantatorio cuyo efecto depende, en gran medida, de la voz y la actitud del recitador.

Una de las particularidades de esta forma poética es que cada verso cuenta con una gran independencia sintáctica y hasta semántica, de modo que pueden extraerse uno o varios sin que pierdan realmente su significado. Quizás sea este el origen de la exuberante aforística arábiga, llevada a su esplendor por los poetas y místicos sufíes. Y se apreciaba en gran medida que la transición entre verso y verso se produjera con suavidad, sin saltos bruscos de sonido o de sentido.

La qasida es un poema narrativo que sigue un camino único, una fórmula plagada de motivos que se repiten en casi todas las obras destacadas del género. En el preludio o nasib, el poeta relata su llegada al campamento donde está su querida o su propio pueblo, encontrándolo abandonado y dejándose llevar por la nostalgia. Luego de estas reminiscencias, el poeta inicia su viaje y nos cuenta sobre los paisajes exóticos que recorre y las asperezas de la marcha. No faltan las descripciones interminables de las bondades de su camella, con la que establece un vínculo fuerte y un tanto sospechoso, algo que no sorprende tanto si pensamos en la soledad del pobre y pasional poeta en medio del desierto. Al final el poema cambia de forma para transmitir su mensaje: una máxima moral, un panegírico a la tribu de origen o a su propio benefactor, o bien un epílogo satírico donde se mofa de sus enemigos.

Altos personajes

Trazando un vivo contraste con nuestros civilizadísimos tiempos, en la era preislámica los poetas gozaban de una estima y una posición social inigualable. Casi todas las tribus tenían su propio poeta, que muchas veces ostentaba una jerarquía solo menor a la del líder político. El poeta, o sha’ir, hacía las veces de historiador, cuentacuentos, agente de propaganda política y adivino. Un sha’ir de renombre significaba un prestigio enorme para su propio pueblo. Muchas veces estos poetas apadrinaban a un ayudante o rawi, que significa ‘recitador’.

El rawi se encargaba de memorizar las composiciones del sha’ir –y otras de la misma tribu– para poder recitarlas sin errores y así asegurar la transmisión fiel de las obras a las generaciones siguientes. Estos ruwat eran asimismo los aprendices de los poetas. Al recitar públicamente una qasida, explicaban algunos pasajes y hasta los embellecían. Con el tiempo, iban adquiriendo una maestría de la técnica y se convertían ellos mismos en los poetas de la tribu, que se aseguraba así una tradición artística sin interrupciones y la conservación de su propia historia. Una línea célebre de poetas comienza con Tufayl, que entrena a ‘Awas ibn Hajar, quien a su vez le enseña el oficio al gran Zuhayr, que se lo pasa a su hijo K’ab, y así sucesivamente.

Sería imposible dar debida cuenta de la poesía preislámica sin detenernos en los poetas mismos, cuyas vidas y personalidades fueron, en ciertos casos, incluso más peculiares y entretenidas que sus narraciones. Entre las grandes figuras se encuentran el ya mencionado Zuhayr, Tarafa (un muchachito contestatario y de vida disipada cuyos versos satíricos sobre el rey le costaron la vida), ‘Amr (poeta y jefe beduino que vengó la muerte de Tarafa), Labid (que terminó abandonando la poesía para abrazar el Islam), al-Harith (un jefe Bakr cuyas emocionantes canciones de batalla hacían que quien lo escuchara olvidara que se encontraba frente a un leproso), Antarah (un esclavo poeta que logró la libertad gracias a sus proezas en el combate) y el más célebre de todo, Imru’ al-Qais.

Imru’ al-Qais era hijo del rey de Kindah y empezó a escribir poesía en la niñez. Esto no le cayó muy en gracia a su padre, que lo consideraba un pasatiempo poco digno para el hijo de un rey. Como todo rebelde que se precie, Imru’ redobló la apuesta y así se entregó a la fiesta, volviéndose famoso por sus borracheras memorables y sus correrías sexuales con un gran número de mujeres. Se dice que el rey terminó desheredando a su hijo luego de que este cortejara a la vista de todos a su prima ‘Uzayzah, que lo rechazó en público para prodigarle mejor su afecto en privado, algo que provocó un escándalo familiar. Otras fuentes dicen que Imru’ se burlaba en verso de las esposas y concubinas de su padre, y que fue esa la causa del conflicto. Sea cual fuere la explicación, el rey expulsó asu hijo del reino. Ni corto ni perezoso Imru’ se dedicó a vagar, con su grupo de amigos, de oasis en oasis, tomando vino, recitando poesía y seduciendo jovencitas. La relación con sus amantes es un aspecto central de su poesía, que relata docenas de aventuras amorosas, matrimonios y divorcios. Cuando, más tarde, la tribu de Asad se rebeló y asesinó a su padre, Imru’ al-Qais fue el único de los hijos que juró vengarlo. Renunció a los placeres, guerreó contra los Asad y consagró el resto de su vida a recuperar el reino perdido, algo que nunca logró. Fue otro reino, acaso mayor o más sublime, el que conquistó en su derrotero, uno que todas las tribus y pueblos de la península arábiga codiciaron e intentaron alcanzar mediante los prodigios del canto y la memoria: el de los inmortales.

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