¿Toda poesía nace para ser dicha en voz alta? ¿”Gana” verdaderamente todo poema al ser leído o recitado? ¿Depende siempre de quién lo recite, o de cómo lo haga? ¿Son comparables las experiencias de lectura y de escucha de un texto poético? ¿Qué es en todo caso lo que se gana y qué lo que se pierde en el proceso de “oralizar” un poema?

Si toda poesía leída en voz alta fuera poesía oral, el adjetivo sería redundante. Tal vez lo sea, pero podemos pensar la poesía oral como aquella que, en cuanto a lo formal, pone mayor énfasis, desde el momento de la escritura, sobre cuestiones que tienen que ver con la musicalidad. Así, sería esperable que al referirnos a ella utilizáramos conceptos tales como ritmo, cadencia o fraseo; que pensáramos en la métrica, los cortes de verso, incluso en la puntuación; que nos detuviéramos a discutir los recursos que se sostienen en la materialidad fónica de las palabras: la repetición, la aliteración, la rima, etc. No lo vamos a hacer, pero sí advertir que, sin duda, los poemas que mejor “funcionan” al ser leídos en voz alta son los que, más allá – o más acá- del sentido del texto (su referencia política, erótica, filosófica, ética, mística…) y de la performance del poeta o intérprete, hacen buen uso de estos elementos.

Ahora bien, ¿es siempre deseable que los poemas “funcionen”, o tal vez a veces sea mejor frustrar ciertas expectativas en pos de una experiencia más riesgosa? ¿Qué pasa con la escucha cuando la musicalidad no está ausente pero no es lo que prima? ¿Qué pasa cuando prima, por el contrario, la imagen, cosa que sucede, por lo demás, en gran parte de la poesía contemporánea? Y cuando ambos elementos pisan fuerte en el poema, ¿qué pasa con las imágenes en el vértigo de la musicalidad?

A comienzos del siglo XX, Ezra Pound definía “imagen” como la presentación de un complejo intelectual y emotivo en un instante temporal”. Para él, era justamente “la presentación instantánea de dicho complejo lo que produce esa sensación de súbita liberación; esa sensación de estar libre de los límites temporales y espaciales; esa sensación de repentino crecimiento que experimentamos ante las grandes obras del arte”.

Creo que este concepto de imagen puede pensarse en tensión con la oralidad, porque mientras lo oral se juega en la duración en el tiempo, la imagen poética-aunque no sea meramente visual- lo hace en la captación del instante y por lo tanto, su aprehensión durante la escucha es triplemente fugaz: atraviesa la instancia de escritura, la instancia de lectura y la de escucha.

Cuando escuchamos una lectura, nos entregamos a un ritmo ajeno, que nos impide “leer levantando la cabeza”, como decía Roland Barthes al referirse a las necesarias interrupciones que hacemos al leer; porque leer no es solo seguir el hilo de la composición, sino también, como dice en “Escribir la lectura”, “diseminar” el sentido: “con la lógica de la razón…se entremezcla una lógica del símbolo. Esta lógica no es deductiva, sino asociativa: asocia al texto material (a cada una de sus frases) otras ideas, otras imágenes, otras significaciones”.

Cuando un texto se oraliza, hay siempre una “interpretación”, por más de que se trate de una simple lectura y no de una performance elaborada. La voz, el tono, el volumen, la cadencia, el ritmo, la velocidad “afectan” al texto, en su doble sentido: lo modifican y lo afectivizan. El que lee en voz alta, lee su interpretación y el que escucha, por su parte, aprehende el texto y la interpretación como un todo, aunque pueda juzgarlos por separado. El texto llega ya con un “suplemento de sentido”, al que a su vez el receptor añade sus propias asociaciones.

Pero a pesar de que no podamos “levantar la cabeza” cuando es otro el que lee, ciertamente podemos distraernos, llevar nuestra atención a otro lugar, y no siempre es porque el poema sea malo, el lector monocorde o porque no tengamos la capacidad de escucha necesaria. Muchas veces, se trata de interrupciones hasta deseables diría, porque ponen en marcha la máquina diseminadora del sentido.

Esto suele ocurrir con las buenas imágenes, cuando la emoción no la sentimos por empatía con otro que dice lo que siente o piensa (no estamos volcados a la identificación catártica), sino que nos llega a través de lo que T.S. Eliot llamó el “correlato objetivo” de la emoción poética y que Martín Gambarotta supo resumir en un verso de Punctum: “ninguna emoción salvo en las cosas”.

Si una imagen nos atrae y nos lleva a otro lugar, tendremos que entrenarnos para ir y volver, y hacerlo rápido, como para no perder, en la medida de lo posible, el hilo de lo que se está diciendo o las nuevas imágenes, los nuevos destinos del devenir de las asociaciones. “Ama rápido”, dice Watanabe en un poema en el que, además de hablar de lo efímero de todo en la vida, habla claramente de la poesía, y quizás no solo de los poetas, sino también de los lectores y las audiencias atentas. Dice “El guardián del hielo”:

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…

El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.

No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo.

Si las imágenes poéticas son esos seres de hielo, evidentemente se deshacen más rápido al calor de las lecturas compartidas, tanto si forman parte de poemas donde tienen un rol protagónico, como si están de algún modo supeditadas al vértigo del ritmo, al trabajo con la materialidad del significante, o directamente a la bajada de línea del sentido. Sobre todo, si no hay una construcción que tenga en cuenta un contrapunto entre instante y duración, unidad y acumulación, imagen y musicalidad. O si la hay y el que lee la pasa por alto.

Tengo la sensación de que la oralidad “pide” para sí poemas de una cierta extensión. El poema demasiado largo abruma; el poema demasiado breve tiende a perderse, aunque tenga una imagen poderosa que en la página del libro nos golpee. Alguna vez, me contaron que en Japón, tradicionalmente, cuando se leían haikus, se repetían tres veces cada uno. No he corroborado la información, pero resulta verosímil. Quizás haga falta la repetición para poder de algún modo fijar algo tan breve. La oralidad pareciera exigirnos un recorrido y un clímax; o si no, el loop, el trance, el agotamiento, para que una verdad se manifieste.

Hay, finalmente, poemas hermosos, que por demasiado complejos o demasiado lacónicos, tal vez sea mejor leer en un libro; a no ser que sean dichos con cierto plus performático, que convierta al que lee o recita en una suerte de “guardián del hielo” que contenga con su voz (que es cuerpo hecho palabra) la devastación de las imágenes, por el tiempo suficiente para que el que escucha pueda amarlas, aunque sea un instante.

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